Homilía del Domingo

Mc 12, 28,34

XXXI del TIEMPO ORDINARIO

Ciclo B

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Amo, luego existo

Después de muchas disputas Jesús se va a encontrar con alguien que busca la verdad; que no se ata a ningún dogma o grupo, sino que acude a donde hiciera falta para encontrar un poco de luz. Se siente perdido en medio de tantas leyes que lo apartan de lo importante. No quiere desecharlas, sino dar con la primera y fundamental, con la que puede dar sentido y significado a todas las demás. Y este escriba acude a ese personaje tan especial que, por sus palabras, parecía tener “autoridad”.

La pregunta le brota de su sentirse perdido y de su anhelo de búsqueda: “¿Qué mandamiento es el primero de todos?”. Y Jesús le responde con esa autoridad que iba buscando: amar a Dios con todo el ser y al prójimo como a uno mismo. Ahí está la clave, en el amor. Pero un amor que, como las monedas, tiene dos caras que lo constituyen. Sólo si amo a Dios, si me he dejado seducir por él, se hará realidad el descentramiento, el dejarme de mirar para considerar que hay otros a los que debo acercarme. Y en la medida que me “aprojimo”, me aproximo a los otros y los amo, estaré mostrando el amor que tengo a Dios. Porque lo único que da sentido y razón de ser a las leyes es el amor que expresan. De la misma manera que, el amor, es lo que hará de nuestro culto y de nuestra oración un espacio donde sentirse amado y donde amar.

Las palabras de Jesús habían conectado con su sed de verdad: “Muy bien, Maestro, tienes razón…”. Perdido en el bosque de las leyes había encontrado el norte, el porqué de cada uno de los preceptos, la razón que les daba vida. Había comprendido que los holocaustos y sacrificios valían en la medida que eran expresión de amor; y que eso era lo realmente importante, el amor a Dios en el hermano/a. Las palabras de Jesús le habían ayudado a encontrar la sensatez en medio de tanta confusión; le habían ayudado a situarse en la dinámica del amor, en la cercanía del Reino.

Ese escriba es un referente para todos nosotros. En primer lugar, porque es un buscador de la verdad. Para buscar la verdad hay que ser “nómadas” y lo que el cuerpo nos pide es ser “sedentarios”. Preferimos la seguridad de lo de siempre, aunque no sea tan auténtico, que la salida incómoda que nos exige la búsqueda de lo verdadero. Y nosotros, ¿hasta qué punto estamos acomodados? El escriba era un buscador de sentido. Era una persona cumplidora y conocedora de lo que conllevaba su fe; pero necesitaba un porqué que sustentara las leyes que cumplía, los ritos en los que participaba, los momentos de súplica y oración que tenía. Y nosotros, ¿qué nos mueve a leer la Palabra, a participar de la eucaristía o a cuidar de los otros?

El escriba encuentra el sentido de su vida en la palabra de Jesús que le habla de amor. La fuente es el amor, todo lo demás expresiones de él. El amor es lo que le hacía comprender hasta el menor de los preceptos de la ley. Y nosotros, ¿dónde encontramos el sentido de nuestra vida? Si el escriba acudió a Jesús nosotros también podemos acudir a él. Y preguntarle: “Jesús, Señor, ¿qué es lo principal?”. Pues lo principal, lo primero, lo vital es tener capacidad para amar y alguien que, desde el amor, unifique nuestra vida. Es encontrar a un Alguien (con mayúscula) al que intentar entregarle todo lo que somos y poseemos. Es dejar que ese Alguien nos ame para que haga posible descubrir a otro alguien (con minúscula) al que pueda llamar amigo, hermano, prójimo. Es descubrir en el rostro de ese hermano/a al ser amante y amado. Alguien dijo una vez: “Pienso, luego existo”. Pero otro, parafraseándolo dijo: “Amo, luego existo”.

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