Homilía del Domingo

Bendito el que viene…

Mt 26,14- 27, 66

DOMINGO DE RAMOS EN LA PASIÓN DEL SEÑOR

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Bendito el que viene…

Dice la gente sabia, licenciada en las profundidades de la vida, que la grandeza de una persona se mide, no en los momentos de bonanza y comodidad, sino cuando llega la adversidad y la contrariedad. Dice la gente conocedora de las entretelas del ser humano que el hombre y la mujer que vale como el oro se aquilata en tiempos de “ramos” y en tiempos de “cruz”.

Atrás quedó Nazaret y la vida sencilla dedicada al trabajo y a los vecinos. Habían pasado tres años desde que se retiró al desierto y tuvo aquella experiencia cuando Juan lo bautizó en el Jordán. Atrás quedaron las prédicas de dicha en el monte, las bodas con vino bueno al final, las comidas con gente de malvivir y las largas caminatas con los apóstoles. Ahora tenía la encrucijada que todo ser humano teme tener por delante. Era la hora de la verdad; esa hora en las que en las profundidades del corazón se daban cita los miedos y las convicciones, las tinieblas y las fuerzas, la valentía y la pereza. Era la hora de seguir o dejarlo, apostar a ramos o a pasión.

Jerusalén era un hervidero. La multitud iba y venía. Todos andaban atareados con la preparación de la Pascua. Si en otro momento había creído conveniente estar en otras tierras, ahora sabía que su sitio estaba allí. El grupo entró en la ciudad como tantos otros para celebrar la gran fiesta. Y entre el gentío algunos reconocieron a ese nazareno del que tanto hablaban o que habían visto hacer algún signo. Gente sedienta de esperanza, personas que necesitaban un anhelo. Alguien necesitado de creer hace un gesto inaudito: a los pies de aquel “profeta” extiende su manto; otros arrancan ramas para hacerle una alfombra. Ese día, la multitud necesitada de algo y alguien en quien creer, le proporciona una jornada de ramos, de gritos de júbilo y alabanza. ¿Por qué no va a ser el que viene en nombre del Señor a pesar de lo que decían sus autoridades religiosas? ¿No estaban cansados de esperar en un templo que en el fondo los explotaba e ignoraba? “Hosanna en el cielo”, gritaban grandes y pequeños.

En la encrucijada eligió “pasión” y lo primero que obtuvo fueron “ramos”. Pero intuía que serían unos días de ramos en la pasión; que lo que decía la multitud estaba encriptado y necesitada ser traducido: que cuando decían “bendito” pronto significaría “maldito”; que lo de “en nombre del Señor” terminaría siendo “blasfemo”; que lo de la “rama” era sólo la rama del tronco del que salió la “cruz”; que el “hosanna” quería decir “crucifícale”.

Domingo de Ramos en la Pasión del Señor, ¡hermoso nombre! Por estas latitudes se dice: “Domingo de Ramos, Domingo de Ramos, quien no estrene algo se le caerán las manos”. ¿Y si estrenamos nuestra consciencia de fragilidad? ¿Y si volvemos a caer en la cuenta que somos “grandes” en los “hosannas” y “pequeños” en los “crucifícale”? Y qué mejor medicina que contemplar, que poner los ojos fijos en Jesús. Fijar nuestra mirada en el seducido por el Reino; en el que reordenó todo su caudal afectivo en torno a la lucha por hacer real el sueño de Dios; el que tenía la sensibilidad del zahorí para dar con las fuentes del dolor y el sufrimiento; el que poseía la entereza de luchar contra las personas o estructuras que pisaban a los que más sufrían; el que iba con la autoridad de vivir primero para hablar después; el que vivía con la libertad necesaria para sentar en su mesa a los que creía conveniente; el que vivió con tanta pasión que no dejó que ramo ninguno le apartara de esa otra Pasión.

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