Homilía del Domingo

Con vuestra perseverancia salvareis vuestras almas

Lc 21, 5-19

DOMINGO XXXIII T.O-C

Ciclo C

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Ven, Espíritu Santo

Secuencia comentada Ven Espíritu Divino,manda tu luz desde el cielo, Padre amoroso del pobre; don en tus dones espléndido; luz que penetra las almas; fuente

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Con vuestra perseverancia salvareis vuestras almas

Dicen que el sentido común es el menos común de todos los sentidos; que ya no son frecuentes las miradas serenas, ponderadas, discernidas y sensatas. Sino que vamos engullidos por la prisa y la ansiedad, desviando la mirada de lo que molesta y dejándonos engañar por lo que distrae y aliena.

Frente a esta tendencia del mirar, tenemos la mirada de Jesús. Él mira con pasión, con ilusión, con vitalidad; de tal forma que ha emprendido con fuerza la tarea encomendada por el Padre. Mira con esperanza, más allá de los fracasos o contratiempos que se encuentra por el camino. Y también mira con realismo sosegado. No aparta los ojos de lo que se ve venir, por duro que pudiera ser. Desde luego que es más placentera la visión de un templo bello; pero lo placentero de su vida, y la de los suyos, va a caer como las piedras de ese templo. Ha llegado el tiempo de la dificultad, de la prueba, de la crisis. Se avecina el momento en el que todo lo que se ha construido se desmorona. Es la hora del derrumbe de los proyectos, de las ilusiones, de las convicciones que proporcionaban seguridad, de las ideas que ofrecían una comprensión de la vida y el mundo. Todo caerá, piedra sobre piedra. Es el momento de la tentación, del engaño. De dejarse embaucar por falsos mensajes, por promesas que invitan a cambiar de rumbo; a no empeñarse en ser fieles a lo que provoca dolor; a ir corriendo a lo que apetece. Pues, pensamos, que la vida son dos días y hay que aprovecharlos.

Pero Jesús también invita a sus discípulos a actuar como él cuando se va acercando la hora. Es el momento, el tiempo privilegiado de demostrar el amor sincero, fiel, perseverante y auténtico. En medio del dolor y el miedo, para Jesús la pasión que se avecina en la gran oportunidad, la crisis embarazada de crecimiento, la muerte preñada de vida. Y para que ellos puedan vivirlo de la misma manera les habla de su secreto, que está hecho de confianza y paciencia.

En la dificultad hemos de poner lo mejor de nosotros mismos para secundar lo importante, la acción de Dios. Les invita en estos momentos a vivir como el que confía tanto que casi se despreocupa, como el que no prepara la defensa. En la prueba hay que luchar; y la mejor de las luchas, ejercidas las otras, es abandonarse en las manos del gran luchador, del que trabaja día y noche, del que todo lo da a sus amigos mientras duermen. Pero la confianza tiene siempre una compañera: la paciencia, la perseverancia. El ejercicio de confiar se realiza en medio de la oscuridad, del dolor, del sufrimiento. Mientras la paciencia te sostiene, la confianza hace posible que tus ojos miren hacia arriba y sigan esperando sin desfallecer, sin abandonar. Ésa es la experiencia de Jesús que quiere compartir con los suyos de cara a la dificultad que se les avecina.

Jesús sigue siendo Jesús y nosotros somos tan discípulos como aquellos. A nosotros nos sigue alentando en esos momentos donde todo cae piedra sobre piedra. Nos sigue fortaleciendo con sus palabras cuando llega la dificultad personal, familiar, laboral o apostólica. Nos invita a la perseverancia, a la paciencia, a no tirar la toalla cuando viene el dolor, a no abandonar cuando no se dan las resultados deseados, a no dejarlo todo cuando no vemos o entendemos lo que tenemos por delante. Nos invita a no escuchar “voces de sirena” que, reducirían el dolor, pero no arreglarían nada. Y todo ello, ¿por qué? Porque nuestro Padre Dios no descansa; él es nuestra roca firme; él nos da la esperanza de que hasta el yermo se puede convertir en un oasis.

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