Homilía del Domingo

Corazón de buscador

Mt 2, 1-12

Epifanía del Señor

Ciclo C

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Corazón de buscador

Imagínate que algo no está y, por lo tanto, no lo conoces. Pero ese algo viene de fuera y se te manifiesta, se pone delante de ti para que lo conozcas. A eso le podemos llamar “epifanía”. Pero ahora te vas a imaginar que eso está ahí, y si no lo ves es porque no hay claridad; y, evidentemente, como no lo ves no puedes conocerlo. Pero, un buen día, eso que está ahí y no lo ves, se hace claro y diáfano a tus ojos. A esto otro lo podemos llamar “diafanía”. Pues hoy el evangelio nos habla de la epifanía como diafanía. Necesita explicación, ¿verdad? ¡Pues vamos allá!

El Niño Jesús, a pesar de ser pequeñito, era evidente. Allí estaba en el portal de Belén, acostado con sus pañales, y muy cuidado por María y José. Pero, aunque era evidente, no todos supieron verlo como una manifestación (epifanía) de Dios. En ese Niño no supieron ver de forma clara y diáfana (diafanía) la presencia de Dios entre los seres humanos. Y todo dependía de la forma de mirar. Por ejemplo, para los sumos sacerdotes y los escribas que entendían mucho sobre Dios, ese Niño no significaba nada. Sabían de sobra que debía nacer en Belén pero siguieron en sus cultos, en sus saberes y obligaciones religiosas y no fueron a verlo. Para Herodes, esa pobre criatura sólo era una amenaza que había que destruir a toda costa. Tal era así que se sobresaltó y, con él, toda Jerusalén.

Sin embargo, unos personajes venidos desde lejos, desde Oriente, tenían las condiciones adecuadas como para mirar, ver con claridad (diafanía) y descubrir en la humildad del bebé a Dios (epifanía). Nuestros magos de Oriente tenían “corazón de buscador”. Este corazón es inquieto, siempre en búsqueda de la verdad, de la luz, de la plenitud y de la salvación. Pero también tenían “corazón nómada y explorador”. Eso les permitía no atarse a lo de siempre, a lo cómodo, a lo conocido. En el momento que intuyeron que podía existir una estrella de luz en otro lugar, levantaron la casa y partieron hacia un lugar desconocido guiados por una estrella intermitente y fugaz. Su travesía era incierta: no tenían una ruta fijada, ni un rumbo claro, ni un destino cierto. Como diría el poeta Luis Rosales: “De noche iremos, de noche, sin luna iremos, sin luna, que para encontrar la fuente, sólo la sed nos alumbra”. La única brújula que tenían estos magos de Oriente era su sed de verdad. Y a base de preguntas, no de certezas, consiguieron llegar a Belén.

Y allí encontraron sólo a un Niño, envuelto en pañales y acostado en un pesebre. Ante el mismo hecho unos sintieron indiferencia, otros amenaza, ellos “inmensa alegría”. Para ellos las manitas extendidas y el rostro sonriente del bebé se volvieron transparentes y diáfanos y dejaron traslucir a un Dios de entrañas de misericordia. Había venido para todos, pero sólo se convirtió en manifestación para los que querían ver. Y, como vieron, se postraron. Sus cuerpos hablaban por sí mismos, expresaban aceptación, acogida, actitud reverente ante el Misterio. Al ignorado por tantos ellos ofrecieron oro, incienso y mirra.

Hoy celebramos que Dios se manifiesta a todos y en todo. No hay ser humano que no pueda acceder a él si sabe mirar con el corazón adecuado. Y para ver al Dios de entrañas de misericordia hemos de buscarlo con un corazón misericordioso; un corazón que te lleva a encontrarlo, a postrarte y adorarlo en los pesebres de la vida, de la debilidad, de la ternura y de la pobreza.

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