Homilía del Domingo

Dadles vosotros de comer

Lc 9, 11b-17

SOLEMNIDAD CORPUS CHRISTI

Ciclo C

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Dadles vosotros de comer

Hay una expresión juvenil que dice: “¿De qué vas por la vida?”. Pero, bien considerada, es una pregunta excelente: ¿De qué vamos por la vida? Y Jesús, ¿de qué iba? Para ello hemos de acudir al Evangelio y, en concreto, al evangelio de hoy. Y si lo leemos sabiamente con el corazón la palabra que brota es “cuidado”. Jesús iba por la vida cultivando el cuidado como hábito del corazón.

En la escena evangélica de este domingo lo vemos cuidando de la gente. Con calma les iba hablando del proyecto de su Padre, el Reino de Dios. Les invitaba a pensar cómo sería este mundo organizado con la plena consciencia de que todos somos hermanos. Y, como muestra de que era posible tratarse como tales, se acercaba a los más débiles que por allí estaban y curaba cuidando a los enfermos.

Están a gusto y pasa el tiempo. Hay que comer y los discípulos se lo comentan a Jesús. Él les invita a practicar el hábito del cuidado: “Dadles vosotros de comer”. Pero se sienten con pocos recursos: no tienen apenas nada para una necesidad tan grande. Y es cuando Jesús les enseña cómo el Padre hace sus cálculos y entiende las matemáticas. Coge lo poco que tienen; se lo presenta al Padre, que sabe la necesidad que pasan; lo parte y lo reparte. Así, con la ayuda de sus discípulos, con apenas unos pocos panes y peces, Jesús cuidó y atendió con ternura a una multitud hambrienta de pan, de palabras de aliento, de cuidado y de compañía.

De la misma manera que Jesús pidió a los discípulos que cuidaran de la multitud, hoy se lo sigue pidiendo a la Iglesia: “Dadles vosotros de comer”. Y desde sus pobrezas y fragilidades la Iglesia está llamada a ejercer el servicio del cuidado, de la atención tierna y práctica de los que sienten cualquier tipo de hambre.

En esta solemnidad del Corpus Christi recordamos dos formas de cuidado esenciales y perfectamente relacionadas. En la Iglesia, Jesús nos cuida con el humilde pan de la eucaristía. Cada domingo, cada día que en cualquier parte del mundo se celebra la Misa es Jesús el que nos invita a sentarnos y nos reparte el pan que nutre, que sostiene, que conforta, que ofrece sentido a nuestra vida. Cada comunión es sacramento del cuidado de Jesús que se hace intimidad y presencia en lo más íntimo de nosotros y en lo más profundo de lo que vivimos. En la procesión del Corpus la “Sagrada Forma” se procesiona por las calles para decir al mundo de forma pública que está ahí, en esa Forma; pero que también el Señor tiene forma de todo lo que acontece en la historia y, por tanto, todo, absolutamente todo, se convierte en eucaristía, en lugar de comulgar con el Dios que nos cuida.

Y nuestras Cáritas diocesanas y parroquiales nos recuerdan que adorar al Señor en la eucaristía es la otra cara de una moneda que nos lleva a reconocerlo presente en los que necesitan cuidado: “Cada vez que lo hicisteis con uno éstos, mil humildes hermanos, conmigo lo hicisteis”. El cuidar al Señor en la eucaristía necesita del cuidado de aquellos cuyo rostro esconden, como esconde la humildad del pan la presencia divina, al Señor que nos cuida. Porque comulgamos al Señor en la eucaristía podemos decir “amen” al Señor que nos visita en lo que nos pasa y en lo que nos piden ayuda. Porque cuidamos del necesitado hacemos de nuestras comuniones un acto de fe y no una falsa religiosa, hecha incluso con buena voluntad.

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