Homilía del Domingo

Dios con nosotros

Mt 1, 18-24

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Ciclo A

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Dios con nosotros

En algún momento, todos hemos sido testigos de los hermosos espectáculos de la naturaleza. Y en algún lugar pudimos contemplar cómo se iba formando esa tormenta que terminaría empapando la tierra y llenándola de vida. La barruntamos en el horizonte y sentimos cómo el ambiente se condensaba hasta quedar envueltos por las nubes llenas de agua. O hemos podido también presenciar cómo el alba iba adquiriendo densidad hasta que despuntó la luz de entre la noche dando paso a la madrugada. Pues como el proceso que hizo estallar la tormenta, o el que posibilitó el que despuntara el día, así fue el que nos llevó a la plenitud de los tiempos.

Llegado el día, la presencia de Dios se hizo tan densa en la creación que despuntó en una vida en la que con plenitud, y sin mezcla ni confusión, se daban cita lo humano y lo divino. ¡Dios se había hecho hombre! Y esta espectacularidad aconteció en el seno de la vida misma; requirió el escenario habitual: dos jóvenes comprometidos que soñaban con un proyecto común.

Hasta entonces eran ajenos a su destino, no eran conscientes de su misión en el mundo. Soñaban con lo de todos, con una vida lo más sencilla y apacible, con su gente y en su tierra. Viviendo desde el Dios que formaba parte de la cultura en la que nacieron: el Dios creador, de la alianza y liberador, el Dios de Abrahán, Isaac y Jacob. Pero Dios irrumpe en sus vidas, no de forma delicada, sino arrolladora. Primero ella: “Alégrate, no temas, el Señor está contigo…”. Se le pedía algo inaudito, insólito, ilógico, inhumano: “No conozco a varón”. Después, él. No entendía. Lo más honesto era quitarse de en medio. Era confiar en ella, pero apartarse de lo que le sobrepasaba.

La divinidad había despuntado en la humanidad, Dios se había hecho hombre; y toda esta tormenta de gracia descargó en la experiencia íntima de dos jóvenes. En lo profundo de su corazón, ella fue anunciada; en lo espeso de un sueño, él fue advertido. Y despojados de todo, sólo cimentados en lo frágil de una experiencia interior, se fiaron de Dios. Ellos entregaron su vida a Dios para que Dios estuviera con nosotros.

¿Dios con nosotros? Sí, sí, “Dios con nosotros”. ¡Nos ha tocado la lotería! El Dios velado por exceso de cercanía. El Dios presente en la esencia y en el corazón de todo lo que vive y de todo lo que vivimos; el Dios que nos sostiene pero que sólo podemos intuirlo; el Dios que nos da la vida pero al que nos pasamos la vida buscándolo; el Dios que nos regala la verdadera sabiduría pero que supera nuestro entendimiento.

El Dios con nosotros en la carne del Nazareno. Presente en el Cristo Resucitado de la fe que me acompaña cada mañana camino del trabajo y que me une al Jesús que vivió su historia en la Palestina de su tiempo. Que me permite amarle allí donde estoy y haciendo lo que hago, y que me enternece su recuerdo dando vista a los ciegos y perdonando los pecados.

El Dios con nosotros que ha acampado en la vida; que ha puesto su tienda y su morada en cada rincón de este planeta, en cada parte de la Iglesia, en cada situación de mi vida. El Dios con nosotros que me invita a acoger en fe la realidad y que me llama a comprometerme con ella; que me hace amar todo lo creado y me vincula a la lucha contra todo lo que daña la creación.

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