Homilía del Domingo

El Reino de los Cielos se parece a un tesoro escondido

Mt 13- 44-52

DOMINGO XVII T.O.

Ciclo A

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El Reino de los Cielos se parece a un tesoro escondido

Cuando emprendes un proyecto todo es ilusionante. Pero el tiempo, en muchas ocasiones, va desgastando las energías iniciales; va impregnando de cansancio lo que antes realizábamos con brío; cubre con la patina de la monotonía todo lo que nos sabía a novedad. Y casi imperceptiblemente llegan las preguntas: “¿Me habré equivocado? ¿Tomaría una decisión errónea? ¿Merece la pena mantenerse en algo que exige tanto esfuerzo y provoca tantas dudas? ¿Me engañarían o me engañaría en su momento?”.

Esa quizás fuera la sensación que tenían muchos cristianos de la comunidad de Mateo. Después de años de seguimiento, en un ambiente adverso y en una situación comunitaria delicada, se podrían hacer todas estas preguntas. Muchos de ellos se encontraron con el cristianismo como el personaje de la parábola que, paseando por el campo, se encontró un tesoro. Para ellos fue lo más grande que les había ocurrido en su vida. Decidieron acoger el mensaje de Jesús y para ello tomaron decisiones que les obligaron a invertir mucha energía vital y afectiva. Como dice la parábola, vendieron todo lo que tenían para comprar el campo donde estaba el tesoro. Otros, sin embargo, encontraron a Jesús después de muchos años de búsqueda movidos por su inquietud profunda. Como el comerciante de la parábola iban buscando perlas, habían tenido en sus manos muchas, pero se encontraron con la de gran valor. Y después de transitar por otros caminos espirituales decidieron caminar por el sendero de las Bienaventuranzas. Pero la comunidad era como una red. Desde el principio había toda clase de peces, de actitudes personales. Entre ellas las que vivían superficialmente como cristianos, pero no habían hecho suyo el Espíritu de Jesús.

¿Qué necesitaban? Unos, volver a la experiencia originaria: descubrir su fe como ese tesoro o esa perla de gran valor que cautiva de tal manera que hace reinventir todo lo que se es y posee con alegría en Jesús. A otros, se les apela a que se hagan responsables de su actitud; de que no es indiferente cómo nos situemos ante la comunidad o la vida; de que por mucho decir “Señor, Señor” si no le das de comer al hambriento o de beber al sediento…

Dicen que la Palabra de Dios es actual. Después de leer este evangelio está claro, ¿no? ¿No está describiendo la situación de la Iglesia, de muchas parroquias, asociaciones, movimientos o congregaciones? Pío XII dijo una vez: “No tengo miedo a la acción de los malos, sino al cansancio de los buenos”. El Espíritu de Vida siempre alienta y recrea: ¿cómo podríamos colaborar con él para volver a sentir el Evangelio como tesoro o perla de gran valor merecedores de todo nuestro caudal vital? ¿Cómo posibilitar que ese Espíritu haga que no sólo nos declaremos cristianos, sino que la Palabra configure nuestra sensibilidad más profunda?

Me imagino que podríamos decir muchas cosas. Entre un millón, sugiero una: fijar los ojos en Jesús para entrar en su intimidad. Crear las condiciones que hagan posible mirar a Jesús como un amigo a un amigo; que de esa mirada se reavive el encuentro y el deseo de amarle; que de ese amor vaya surgiendo el querer seguirle; que ese seguimiento te haga prolongación de él en cada momento cotidiano y en cada situación prosaica; que ése ser prolongación te anime a acoger el Evangelio con sencillez, a aceptarlo sin glosas que lo desfiguren, a vivirlo sin comentarios allí donde tu mirada puede ser educada por la vida de tantos hombres y mujeres que caminan a tu lado.

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