Homilía del Domingo

El Señor está contigo

Lc 1, 26-38

Inmaculada Concepción

Ciclo A

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El Señor está contigo

Aunque no hace tanto, ya nos suena a muy antiguo esos tiempos en los que comprábamos un carrete para tomar fotografías. Ahora es la era del móvil. Actualmente, en el bolsillo o en el bolso, tienes un aparato que puede captar la superficie de la realidad a cada instante. Y, por si fuera poco, compartirla haciéndola llegar a los rincones más recónditos del planeta. Pero por suerte o por desgracia no existían en tiempos de María, la madre del Señor. Ella tuvo una experiencia que hubiera pasado desapercibida incluso a las mejores cámaras actuales. En su corazón aconteció algo que la marcó personalmente y afectó a la humanidad. ¿Qué ocurrió? Exactamente no lo sabemos, pero necesitamos intuirlo, nosotros y todos los creyentes de todos los tiempos. De ahí que Lucas recree la escena, no de forma objetiva e histórica, sino intentando crear un relato que exprese, no la forma, sino el fondo de lo que pasó. ¿Qué fue?

Lo que aconteció no ocurrió en las centros importantes de poder. La escena no se desarrolla en la gran Jerusalén ni en medio del imponente templo. El escenario es un desconocido pueblo de Galilea, Nazaret. Y el habitáculo de lo acontecido una joven nazarena, María. Ella formaba parte de ese resto de personas que, a pesar de lo que estaba pasando en el mundo, aún creían. Pero no creían de cualquier manera. Quizás de forma no muy consciente no participaban del pensamiento de un Mesías cargado de poder que vendría a vengar los oprobios del pueblo elegido. Los “anawin”, los pobres de Israel, eran los que con la flexibilidad de la confianza se sometían a la voluntad de Dios. Firmes en la fe, e inconmovibles en la esperanza, esperaban a que el Señor los salvaría en el momento más oportuno.

Pues un buen día, en la intimidad del corazón de una pobre anawin, se produjo la visita anhelada. En el momento y el lugar menos esperado Dios pegó a la puerta al margen de todo foco mediático y de todo escenario de poder. Con el poder del que lo crea todo de la nada, la insospechable y desconcertantemente elegida sintió el rumor de Dios que la invitaba a la alegría. “Alégrate”, salta de gozo, porque ha llegado la hora para todos aquellos que tanto habéis esperado contra viento y marea. “No tengas miedo”, sustitúyelo o atraviésalo por la confianza y el abandono, porque “el Señor está contigo”. Como buen pastor camina a tu lado, él ha escuchado el clamor de la humanidad, es fiel a la alianza y quiere que todos los seres humanos se salven de forma integral.

Y ante esta experiencia, ¿qué hacer? Lo más lógico hubiera sido negarla o evitarla; o quizás racionalizarla de tal forma que hubiera perdido toda fuerza. Pero María supo reaccionar como sólo pueden hacerlo los “anawin”. Acogió, se dejó hacer, se puso al servicio de algo que la implicaba absolutamente y la trascendía totalmente.

Hoy tampoco existen grandes masas que crean, sólo restos. Pero se necesitan pequeñas levaduras que, por su fe, fermenten la masa que los acoge. Personas que, al estilo de María, vivan la experiencia profunda de sentir cómo Alguien les dice “alégrate”, “no tengas miedo”, “el Señor está contigo”. Personas que por su manera de ser, creer y estar sean motivo de esperanza para sus conciudadanos; sean, como María, cauce para que Dios recree este mundo. Personas anónimas alejadas del poder y los focos que puedan acoger el Evangelio y traducirlo, como pobres anawin, en actitudes concretas y en hechos sencillos cargados de fuerza simbólica y creadora. Gente sencilla que vivan creyendo que hay futuro, que podemos seguir esperando, porque en el horizonte, quizás tras muchas nubes, aún se divisa al Dios apasionado por el mundo y el ser humano.

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