Homilía del Domingo

El Verbo se hizo carne y acampó entre nosotros

Jn 1, 1-18

DOMINGO II DESPUÉS NAVIDAD

Ciclo A

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Ven, Espíritu Santo

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El Verbo se hizo carne y acampó entre nosotros

Hoy en día están de moda los “cuentacuentos”; también los que crean la “narración”, el “relato” de algo que está aconteciendo y necesita discurso. Los hay malos, mediocres y sublimes. Pero lo del evangelio de este domingo no tiene parangón. Dios tiene un Verbo, que pertenece al núcleo más íntimo de la familia divina. Desde siempre ha vivido porque pertenece a esa experiencia de amor que llamamos Trinidad. Y llegado el momento, según el contar de Dios, ese Verbo se convierte en “cuentacuentos”, en “relator”. Pero lo hace como sólo Dios sabe hacerlo: el Verbo se hace de la misma carne de aquellos que le escuchan. Así les puede hablar de la experiencia de Dios con la experiencia del ser humano. Lo hace como el que no va de visita, sino que pone su tienda en lo más bajo, en lo más dentro y en lo más cerca de la humanidad. Él es la “palabra luminosa” que nace de la entrañable misericordia de Dios para iluminar las tinieblas de los corazones y del corazón del mundo.

A Dios nadie lo ha visto jamás: el Hijo Unigénito, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer”. Jesús es el mejor Testigo de Dios; es la intimidad de Dios que se pone a vivir con nosotros. Todo él es Palabra, relato y testimonio fiel. Toda su vida es revelación inigualable de las entrañas del Padre. Nos regala la profundidad de Dios en lo que dice y en su forma de decirlo. Sus “maneras” se convierten en mensaje. Por ello, en el misterio de la Encarnación no encontraremos palabras sino la “manera” que la Palabra se hizo asequible, visible y audible a todos nosotros.

Utilizando la expresión del Papa Francisco podemos decir que la Palabra “huele” a pueblo. Porque si Dios es amor, Dios es gente, es relación con cada persona, es historia de los pueblos, es situación socio-económica. Y sólo en el pueblo podremos olfatear al Dios encarnado; a ese Dios que pone su pesebre en el puesto de la frutera, en la barra del bar, en la cama del enfermo, en el anciano debilitado, en los entresijos de la política nacional.

Dios huele a tienda de campaña, a lugar incómodo pero práctico. A Dios la tienda le ha permitido acompañar a su pueblo en todas sus circunstancias. Es lo que mejor le venía para hacer vida su disposición de cercanía. Él ha optado, no por la seguridad cómoda del palacio, sino por lo precario que le permita estar con los que quiere estar. Dios lo tiene claro, sabe a quién quiere acompañar. Y, desde ahí, se hace de una carne y de una tienda de campaña.

Dios huele a “gente buena y entrañable”, a persona que se deja afectar; a corazón sintiente que va haciendo favores; a alma sensible que va y viene, que escucha y se para con el que lo necesita; que de cuna o de pesebre le viene el compartir las angustias y las tristezas.

Y, por todo ello, nos huele que Jesús es luz incómoda para las tinieblas. Es el entrañable que pone su tienda en medio del pueblo y pone al descubierto lo que atenta contra la vida. Es el Verbo de Dios que se hace, a veces, palabra de consuelo; otras, palabra de denuncia; también, palabra que interpela. Es la Palabra que, escuchada en el silencio, nos hace ser palabras encarnadas, proféticas y consoladoras. Dios huele a pueblo, a tienda de campaña, a gente buena y entrañable; y tú, ¿a qué hueles?

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