Homilía del Domingo

Esperar, creer y acompañar

Lc 18, 1-9

III DOMINGO CUARESMA

Ciclo C

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Ven, Espíritu Santo

Secuencia comentada Ven Espíritu Divino,manda tu luz desde el cielo, Padre amoroso del pobre; don en tus dones espléndido; luz que penetra las almas; fuente

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Esperar, creer y acompañar

Jesús vive con pasión la misión que su Padre le ha encomendado. Él ha venido a hacer realidad el Reino de Dios en medio de los hombres y mujeres de su tiempo. Desde su aparente fragilidad lucha para que las personas se relacionen viviendo como hijos de un mismo Padre y hermanos entre sí. Pero, se da cuenta, que para cambiar lo de fuera primero debe cambiar lo de dentro. Es decir, difícilmente cambian las estructuras y las sociedades si no se convierten previamente los corazones. Por ello va predicando con fuerza la “conversión”. Pero esta tarea no es fácil. Muchos ni le escuchan y los que lo hacen no terminan de convertirse, ni siquiera los que le siguen más de cerca. ¿Qué hacer ante esta dificultad?

Lo mismo le sobraban razones para arrasar, para desistir de su tarea, para cortar por lo sano ante tanta cerrazón. Pero no, más que cortar prefiere ejercitar la paciencia (“Señor, déjala todavía este año…”). Y esa paciencia se basa en la esperanza, porque aún no da por perdidos a tantos hombres y mujeres a los que se dirige. A pesar de los resultados sigue creyendo en sus posibilidades. Por eso no los abandona, sino que los acompaña. Y ese acompañamiento es activo, se traduce en cuidado concreto (“… yo cavaré alrededor y le echaré estiércol, a ver si da fruto”).

Jesús actúa como Dios lo hace. Él es la encarnación de las entrañas llenas de amor y misericordia del Padre. De ahí nacen sus actitudes fundamentales ante la vida. Hoy el evangelio nos habla de tres de ellas. Porque Dios es amor Jesús utiliza en su relación tres verbos: ESPERAR, CREER Y ACOMPAÑAR.

Él es el que siempre tiene un día más para nosotros. No funciona con criterios empresariales. Siempre espera, sabe ser paciente porque cree en nosotros. No mira tanto las conductas como lo que hay en lo más profundo del corazón de cada ser humano. Y sabe que más allá de las apariencias o de las acciones en cada persona se esconde un potencial que nace de ser criatura de Dios. Y con paciencia y fe en el ser humano lo acompaña. Lo acompaña porque lo acoge incondicionalmente, acompasa su ritmo al de la persona, aprovecha cada ocasión para que el otro/a se encuentre consigo mismo, y le regala la luz de la Palabra y la fuerza de los sacramentos.

Sentir cómo Jesús nos espera nos hace tener paciencia con nosotros mismos. Porque él cree en nosotros aumenta nuestra autoestima y la confianza en nuestras posibilidades. Su acompañamiento nos permite hacer el camino del encuentro con nuestra verdad, con los hermanos y con Dios.

Siempre, pero hoy de forma especial, se necesita una Iglesia que, como Jesús, sea paciente, crea en el ser humano y lo acompañe. Necesitamos una Iglesia de la que emane las entrañas misericordiosas del Padre, que sea tierna y acogedora, bondadosa y amiga. Una Iglesia que sepa ser paciente, que no “tale” con sus palabras y posiciones, que sepa siempre dejar un día más. Necesitamos una Iglesia que crea en la bondad del ser humano; que sepa ver a cada hombre y mujer con los ojos del corazón de Jesús; que encuentre semillas del Verbo en el corazón de cada persona. Necesitamos una Iglesia que acompañe, que se ponga a caminar con la gente, que escuche lo que viven, que se interese de verdad por las angustias y las esperanzas de la humanidad; que, en el camino compartido, les lleve la luz de la Palabra, el aceite del consuelo, el vino de la esperanza, y la presencia del Señor en la eucaristía.

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