Homilía del Domingo

Éste es mi Hijo Amado

Mt 3, 13-17

BAUTISMO DEL SEÑOR

Ciclo A

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Éste es mi Hijo Amado

Dicen que la vida no corre, sino vuela; que es un soplo que pasa; que, si juzgamos sabiamente, tenemos que dar por pasado lo que aún no ha venido. Desde luego es lo que parece en este evangelio. Hace días que había nacido el niño y ya se está bautizando como un adulto. Y nuestros deseos gritan por saber qué ha sido de él en estos años intermedios: cómo fue su vida, a qué se dedicaba, cómo sería la vida cotidiana de la sagrada familia… Pero nada, no tenemos apenas detalles de todo ello. ¿Se han perdido? Quizás ni se recogieran; porque para la Escritura el personaje es importante cuando recibe la vocación y se pone al servicio de Dios. El resto de los detalles de la vida, aunque fuesen preciosos, no importan.

Ese tiempo intermedio es para nosotros desconocido, pero fue real. Nosotros no lo sabremos, pero ocurrieron muchas cosas por dentro y por fuera. Jesús haría esto y aquello, e iría de un lado para otro; y en su interior también había actividad y movimiento. En el proceso lento del avance del tiempo iba tomando conciencia de quién era y para qué había venido a este mundo. Su relación con Dios cada vez era más intensa y original; iba creciendo con fuerza la convicción de ser amado, llamado y enviado por el Dios de Abraham, Isaac y Jacob. Y esa experiencia interna lo lleva a una vida itinerante.

Juan bautiza en el Jordán. Es un fenómeno social en un país tan pequeño. Llama a la conversión para recomponer una sociedad que se rompe, que se desmorona. Y allí se dirige Jesús. Lo que allí acontece fue clave en su vida. Se siente Hijo Amado de Dios. Ahí encuentra la razón última de su existencia. El amor paterno de Dios es la roca firme que lo sostiene y que le hace entender quién es. Y, al mismo tiempo, se siente ungido, empapado por el Espíritu. En el bautismo descubre que es parte de la familia de Dios: el Hijo Amado del Padre por el Espíritu.

Pero la experiencia del bautismo no sólo fue personal e íntima. Muchos fueron testigos de esa especie de presentación social de Jesús. La puesta en escena les hablaba de la dignidad de ese hombre que se bautizaba; pero también de su estilo de hacer las cosas: a la cola con los pecadores. Jesús era presentado como Hijo Siervo. Movido por el Espíritu comenzaría a anunciar la Buena Noticia a los pobres, a liberar a los cautivos y a abrir los ojos a los ciegos. Pero lo haría de una forma muy particular: sin gritos, ni violencias, ni imposiciones. Vencería la tentación de eliminar a los que son peligrosos como las cañas cascadas; o de machacar a los insignificantes e inútiles como los pabilos vacilantes. Su misión sería implantar la justicia y el derecho; levantar del polvo a los pobres, perdonar a los pecadores, acoger a los publicanos, declarar dichos a los que sufren. Y todo ello siendo fiel hasta el final.

Jesús fue bautizado por Juan y, aunque fuesen bautismos diferentes, nosotros también fuimos bautizados por alguien. Pero el bautismo no se compra como un mueble que al pagarlo lo posees. El bautismo es una posibilidad, quizás no desarrollada por la mayoría de los bautizados. El bautismo es un camino expedito y unas puertas abiertas para sentirte con Jesús, Hijo Amado de Dios y Ungido por el Espíritu. Es lo que hace posible que te creas no fruto del azar, sino querido y deseado por Dios, amado por él antes de tu nacimiento, deseado para la existencia. Es lo que te convierte en un templo de un Espíritu que te transforma en misión; que te hace ser en tu contexto testigo, portador de una Buena Noticia, misionero fiel que ni quiebra ni apaga.

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