Homilía del Domingo

Id y haced discípulos a todos los pueblo

Mt 18, 16-20

ASCENSIÓN DEL SEÑOR

Ciclo A

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Ven, Espíritu Santo

Secuencia comentada Ven Espíritu Divino,manda tu luz desde el cielo, Padre amoroso del pobre; don en tus dones espléndido; luz que penetra las almas; fuente

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Id y haced discípulos a todos los pueblo

Antes se decía que había tres jueves en el año que lucían más que el sol: Jueves Santo, Corpus Christi y el día de la Ascensión. Ahora celebramos lo mismo, pero en domingo. ¿Y qué celebramos? ¿Un desplazamiento físico de Jesús de abajo hacia arriba, sólo un ascender físico? Evidentemente, no. Celebramos el triunfo total de Jesús expresado en imágenes como ascender o sentarse a la derecha del Padre.

“¡Conque celebramos el triunfo total!”. Pero, con los tiempos que corren, ¿podemos hablar de algún triunfo? La mayor parte del mundo está sumida en la pobreza; cada vez es más grande la brecha entre los ricos y los pobres; se siguen contabilizando por miles y miles las víctimas de la violencia; el planeta sufre las consecuencias de una pandemia que tiene confinada a la mayor parte de la población; las consecuencias económicas van a ser terribles; acuden a los servicios de Cáritas los que antes ni se imaginaban que tuvieran que hacerlo; la convivencia ha provocado un gran número de divorcios; muchos sólo esperan tener un poco de bienestar, sin tener la capacidad de mirar más allá del progreso material. ¿De qué triunfo hablamos?

Todos hemos escuchado expresiones como: “Hemos perdido una batalla, pero no la guerra”; “Se ha perdido un partido, pero no la liga”; “Hasta el rabo, todo es toro”. Por eso, podremos hablar de triunfo en función de lo que entendamos por esperanza. Si esperar es poner tus aspiraciones en lo físico, material, placentero y presente, el triunfo sería tenerlo todo ello para siempre. Por lo que estamos abocados a vivir en continua derrota y frustración. La persona que espera poco más que el satisfacer sus necesidades físicas es probable que no pueda celebrar triunfo alguno, porque confunde batalla y guerra, partido y liga.

Pero hace muchos años, un gran hombre preguntó a todos los seguidores de Jesús: “Cristianos, a sólo veinte siglos de la Ascensión, ¿qué habéis hecho de la esperanza cristiana?”. La esperanza es vivir el presente como partido dentro de una liga, que Alguien nos prometió que estaba ganada de antemano. Es vivir partido a partido con pasión pero sin absolutizar ni lo amargo de la derrota ni las mieles del triunfo; porque el final de la escalera es el objetivo del que pisa fuerte, con cansancio o energía, cada uno de los peldaños.

La esperanza cristiana no te hace permanecer inmóvil mirando al cielo, con la falsa resignación de que, tarde o temprano, pasará este valle de lágrimas. La genuina esperanza cristiana te hace ir a Galilea. Y Galilea es la vida, la tuya personal y la de tu familia. Galilea es la Iglesia Universal o tu diócesis, asociación, congregación o parroquia. Galilea es el barrio, el pueblo, la escuela, el supermercado. Galilea son las medidas económicas, los sistemas políticos, los movimientos sociales. Galilea es la gente con sus situaciones y esperanzas.

La esperanza cristiana es lo que te hace vivir el triunfo de la Ascensión en lo más real de la realidad. Es tener claro el objetivo de que el Reino, ya presente, reine en todos y en todo. Y, desde ahí, ponerse a caminar con pasión en lo más cotidiano o sublime: cerrando una puerta, dando una clase, fregando, secuenciando un genoma o denunciando una política injusta. ¿Y si se fracasa? ¿Y, si incluso, se muere? ¡No pasa nada! Sólo es un partido. Sigue adelante, el triunfo está garantizado, la liga está ganada.

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