Homilía del Domingo

Jesús nos llama “bienaventurados” o nos dice “¡ay!”

Lc 6, 17.20-26

VI DOMINGO T.O

Ciclo C

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Jesús nos llama “bienaventurados” o nos dice “¡ay!”

Después de haber pasado la noche orando y haber elegido a los Doce, baja con ellos del monte. En la llanura se va a encontrar con dos tipos de personas: los discípulos, seguidores que lo acompañan en el camino o que simpatizan con su mensaje; y mucha gente que venía a escucharle y a que los curara de sus males. Todos ellos tenían muchas esperanzas puestas en Jesús. Sus palabras les consolaban dándoles esperanza en una situación dura y difícil. Y a él acudían esperando que hicieran con ellos lo que habían escuchado había hecho con otros. Frente a él estaba el pueblo común, la masa, la gente irrelevante; aquellos que las estadísticas catalogarían como pobres o que tenían motivos para llorar; los que no era raro que pasaran hambre o fueran tachados de ser seguidores de Jesús.Todos ellos estaban en la llanura.

Jesús les quiere salir al paso ofreciéndoles su palabra. Y levantando los ojos ve a sus discípulos, a aquellos que han acogido su mensaje y su persona y se da cuenta que son tan pobres y humildes como el resto de la gente. Todos ellos comparten la misma suerte: Jesús, discípulos y pueblo. En su vida itinerante había sufrido en sus carnes el rigor de la pobreza, los días en los que no había que echarse nada a la boca, los insultos de aquellos a los que no caía bien o las lágrimas ante el dolor o el fracaso. Jesús les va a hablar con la autoridad del que vive lo que sufren y padecen aquellos que escuchan.

Y desde ellos, compartiendo su misma suerte, les va a decir que son felices; que su felicidad no estriba ni en el tener, ni en el bienestar psíquico, ni en la abundancia, ni en el prestigio. Sino que su felicidad está en Dios que ha venido a hacerles justicia. Son bienaventurados porque Dios en Jesús se ha puesto a caminar con ellos; y les ha dicho que les pertenece el Reino aunque aún sufran el hambre, la tristeza o el rechazo.

Son bienaventurados porque el Dios que en Jesús se hace pobre como ellos, también en Jesús denuncia las actitudes que llevan a la existencia de pobres que pasan hambre y ricos que les sobra de todo. El Dios que, como Padre, tiene que decir “¡ay!” a aquellos que, viendo a sus hermanos que sufren, viven seguros en su riqueza, satisfechos, alegres y bien vistos por todos. A cada uno Dios le ha mostrado sus entrañas de misericordia como lo necesitan: a unos, haciéndose compañero de las penalidades del camino; a otros, poniéndoles delante de sus ojos su irresponsabilidad ante las situaciones de dolor.

También a nosotros Jesús nos llama “bienaventurados” o nos dice “¡ay!”. Nos llama bienaventurados cuando llevamos una vida austera y despojada; cuando consumimos sólo para vivir y compartimos lo que tenemos. Y nos dice “¡ay!” cuando lo que nos preocupa es acaparar, almacenar o consumir sin mirar las necesidades de otros. Desde Jesús somos “bienaventurados” cuando lloramos con la esperanza puesta en Jesús o cuando en su nombre nos acercamos a los que lloran. Pero nos dice “¡ay!” cuando nuestras felicidades superficiales nos impiden ser sensibles ante las lágrimas de los demás. Nos llama “bienaventurados” cuando en nuestras carestías le reconocemos como lo único que vale o cuando nos movilizamos ante aquellos que pasan necesidad. Y nos dice “¡ay!, ¡ay!” cuando nuestras abundancias nos hacen vivir insolidariamente tranquilos y despreocupados. Nos llama “bienaventurados” cuando la gente no habla bien de nosotros porque por fe, por honradez, por justicia o por lo que fuere nos hemos comprometido. Y nos dice “¡ay!” cuando ponemos por delante nuestro prestigio que nuestro amor comprometido.

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