Homilía del Domingo

La puerta estrecha del seguimiento

Lc 13, 22-30

DOMINGO XXI T.O-C

Ciclo C

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La puerta estrecha del seguimiento

Conforme Jesús se dirige hacia Jerusalén va enseñando por las ciudades y aldeas. Y es cuando uno le pregunta interesándose por cuántos se van a salvar. Pero él no responde a su demanda. No se interesa por el número de los salvados, sino por las actitudes que deben tener éstos. Les viene a decir que Dios nos abre la puerta a todos, pero hemos de esforzarnos por entrar en el Reino de Dios.

Les advierte del peligro del sentirse seguros; de pensar que tienen algún tipo de privilegios; que la confianza sin responsabilidad se trivialliza. De nada serviría ser del pueblo de Israel, o haber escuchado y comido con Jesús, si no existe la lucha por vivir en la onda del Reino de Dios. Que, por eso, muchos primeros serán últimos y muchos últimos primeros. Que algunos que se creían salvados por el simple hecho de ser israelitas se verían adelantados por extranjeros que aceptaban el Reino.

Hoy en día la pregunta por cuántos se salvan no tiene cabida. Y no la tiene porque muchos han descartado de forma teórica o práctica la posibilidad de una dimensión más allá de la presente, la material y la que nos puede proporcionar satisfacción. Algunos, sin embargo, viven desde el miedo a no conseguirlo. Y muchos de los que se creen creyentes lo dan por hecho.

La falta de confianza conduce al miedo. Un exceso de falsa confianza lleva a la irresponsabilidad y a la superficialidad. La confianza en el Buen Padre Dios que viene a liberar a todo ser humano despliega la responsabilidad del que verdaderamente cree. Al don del Reino ofrecido por Dios le sigue el esfuerzo por entrar por la puerta estrecha. El tesoro del Reino que se nos ofrece exige el venderlo todo para comprar el campo donde está el tesoro.

Desde este planteamiento hay que reordenar los criterios de selección. Porque a muchos que se sienten seguros porque heredaron la fe de sus padres, o porque viven determinadas prácticas religiosas, o porque se sostienen en una confianza ligera, se les invitará a ponerse en lo último de la fila, para así replantearse lo esencial de la fe y el evangelio. Y a otros que se les consideraba ya descartados por condenados serán puestos como ejemplos en los primeros puestos. Éstos, a pesar de las apariencias, huelen a Reino. Son creyentes por su fe en el ser humano; por la capacidad de trascenderse para amar al otro en lo concreto de la vida; por su disposición a entregar su vida por una causa, aunque fuera laica.

La puerta está abierta para todos. Es una puerta estrecha. Se puede entrar con esfuerzo. A la confianza en el Buen Dios que nos abre a la libertad, le corresponde la responsabilidad de amarle en la gente. Por mucho que hayas comido con Jesús o le hayas escuchado en tus plazas; por mucha fe que tengas o Misas en el cuerpo; lo que realmente es responder a la Gracia es “fortaleced las manos débiles, robusteced las rodillas vacilantes, y caminad por una senda llana: así el pie cojo, no se retuerce, sino que se cura” (Hb 12, 13).

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