Homilía del Domingo

Poneos en camino

Lc 10, 1-20

XIV DOMINTO T.O

Ciclo C

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Poneos en camino

Conforme el tiempo va pasando hay personas que se van acercando a Jesús; unos lo siguen ocasionalmente, otros viven su mensaje en sus casas, algunos lo siguen por los caminos y participan más estrechamente de su vida. La pasión de Jesús es vivir la tarea que su Padre le ha encomendado. Él se vive en camino, en salida; no se percibe como la persona que tiene una tarea; él es tarea, misión, proyecto. Su relación con el Padre no la quiere usar en provecho propio; se siente el amado de Dios y el que encarna y acerca a los seres humanos a ese Dios que, en él, se pone en camino para acercarse a cada uno.

Los que se acercaban a Jesús, al que siempre está en camino, el que es Camino, sabían que serían puestos en camino. Seguir al que estaba en continuo movimiento de salida era ponerse en salida; era vencer la natural inercia a quedarse y guardarse; era, en un contexto, en ocasiones hostil, dar la cara, definirse, situarse del lado del Nazareno; era ser portavoz de un mensaje que alimentaba la interior esperanza de las masas empobrecidas.

¿A qué les enviaba? Pues a vivir como él allí donde fueran. Su forma de hacer debía ser mensaje. Ellos irían como itinerantes enviados por el itinerante. Se pondrían en camino sin grandes seguridades, con lo puesto, con lo que puede llevar el que camina; como el pobre que, además, camina. Irían como Jesús a encarnarse con la gente, a vivir con la gente, a vivir la necesidad de necesitar cobijo y posada. Iban revestidos de vulnerabilidad, de fragilidad, de dependencia. Podrían ser acogidos y sentarse a la mesa con los de casa; pero también, como Jesús, podrían ser rechazados. Pero en cualquiera de los casos, con la mansedumbre de Jesús, debían ofrecer “Palabra” y “Cuidado”. Debían hablar del Reino, del proyecto del Padre, de esa realidad donde cada hombre y mujer podía vivir como hijos y hermanos; donde la gloria de Dios es la dignidad de cada ser humano; donde se pudiera encontrar sentido, respuesta a las preguntas, consuelo de las lágrimas y agua viva para la sed profunda. Y como signo y anticipación de todo ello debían cuidar y curar a los enfermos. Si Jesús era la entrañable misericordia de Dios encarnada, ellos ejercerían el servicio del cuidado, de la atención tierna y efectiva a los que sufrían.

¿Y qué fue de esos setenta y dos que fueron enviados? Después de ellos vinieron otros; y después otros, y otros. Los “otros” de hoy somos nosotros, los que nos llamamos seguidores de Jesús, la Iglesia, las parroquias, las asociaciones, las congregaciones… Los setenta y dos han cambiado, pero las palabras de Jesús para ellos (es decir, nosotros) son las mismas. Puede que nos resulten palabras duras, pero no nos asustemos. Vamos a permitirnos soñar con una Iglesia, soñarnos a nosotros, con deseos de ponernos en camino para contar nuestra experiencia de fe. Vamos a soñarnos viviendo austeramente como signo de confianza en Dios y de respeto a los miserables. Vamos a soñarnos deseando la paz, viviendo en mansedumbre frente a la violencia. Vamos a soñarnos deseando ser un espacio que dé palabras de sentido a la gente; que su tarea principal sea cuidar, cuidar y cuidar.

Pues aquí estamos los setenta y dos del momento presente. Le pedimos que podamos soñar con lo que él quiere de nosotros, y le pedimos perdón por las veces que hayamos perdido la capacidad, de hasta soñar.

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