Homilía del Domingo

Salió el sembrador a sembrar

Mt 13, 1-23

DOMINGO XV T.O.

Ciclo A

Homilías anteriores

Salió el sembrador a sembrar

Todos conocemos el dicho: “Cualquier tiempo pasado fue mejor”. Pero cuando echamos la mirada hacia atrás también podemos decir que “en todos sitios cuecen habas”; que pensando que “es oro todo lo que reluce”, resulta que antes también se vivían situaciones difíciles y complicadas. Hoy decimos que la fe no es aceptada por la mayoría, que la Iglesia está en crisis y que muchos cristianos sufren por esta situación. Pero eso ya lo vivieron en tiempo de Jesús. Después de momentos de cierto triunfo comenzaron algunos a desconfiar, otros a pasar y muchos a oponerse a lo que decía y representaba. Con él quedaron los más humildes y sencillos con los que formó una familia: ellos eran su padre, su madre y sus hermanos.

Y esta situación la refiere el evangelista Mateo a su comunidad que atraviesa una situación conflictiva por un ambiente hostil. En el contexto en el que viven no todos aceptan el mensaje. Y les saca a relucir las palabras de Jesús en una situación parecida. Les recuerda, cómo sentado en una barca, hablaba a la gente y les contaba la parábola del sembrador. Había hablado y explicado mucho y percibía que muchos no tenían interés alguno en entenderlo. A esos, respetando su libertad, ya les había dedicado su atención. Ahora quería dirigirse a aquellos que eran verdaderamente receptivos.

Utilizando un símil agrícola les explicaba por qué no siembre la semilla daba fruto. La actitud de algunos la comparaba con el borde del camino. Eran los que pasaban de Jesús y su mensaje. En otros veía cómo acogían con alegría el mensaje, pero a la más mínima dificultad se venían abajo. Eran como el terreno pedregoso. Con la imagen de la tierra llena de zarzas describía a aquellos que vivían en un agobio continuo por la vida o poniendo todo su interés en las cuestiones materiales. Pero observaba que también había tierra buena: gente que acogía su palabra y que daba fruto. No todos daban el mismo fruto; pero dieran cien, sesenta o treinta los consideraba tierra buena.

Lo que ocurrió en tiempo de Jesús, que iluminó la situación de la comunidad a la que escribe el evangelista Mateo, también puede ayudarnos a nosotros a situarnos en el hoy de nuestra fe. Esas cuatro actitudes que describe Jesús en su parábola la encontramos en las personas que nos rodean y en nosotros mismos.

Hoy en día abundan los que ni siquiera prestan atención a la palabra de Jesús; sencillamente, están en otra cosa. Sus intereses vitales van por otros derroteros diferentes. Dios, simplemente, no es necesario, es prescindible, se puede pasar de él. En ocasiones, el acercamiento a su palabra hace arder el corazón; pero no ha habido un encuentro tal que haga permanecer cuando vengan las dificultades. Mientras sea algo accidental, social, cultural, tiene un pase; pero de ahí a que conlleve cierto compromiso, es muy diferente. Otros no es que pasen, pero están demasiado agobiados o interesados por otras cuestiones. Les gustaría si tuvieran alguna energía existencial disponible para separarse de ellos mismos y considerar la presencia de Jesús. Pero se asfixian en sus angustias y anhelos. Y también hay, siempre los ha habido, loa que acogen a Jesús, su persona, su mensaje, su proyecto. Son los que, como la tierra, abren sus entrañas al don de Dios. Y van dando frutos de seguimiento, de conversión de su sensibilidad, de intimidad con Jesús, de deseos de construir fraternidad, de ilusión por colaborar en la construcción del sueño de Dios. Ser tierra buena no es una categoría superior a las otras. Es una opción que te lleva a interesarte por los que pasan, son superficiales o están demasiado centrados en sus cosas. Ser tierra buena es ser tierra acogedora y misionera.

Homilías anteriores