Homilía del Domingo

Subir al monte a orar

Lc 9, 28-36

II DOMINGO CUARESMA

Ciclo C

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Ven, Espíritu Santo

Secuencia comentada Ven Espíritu Divino,manda tu luz desde el cielo, Padre amoroso del pobre; don en tus dones espléndido; luz que penetra las almas; fuente

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Subir al monte a orar

Hoy en día sentimos que no podemos vivir sin el móvil ni su cámara; necesitamos fotografiarlo y grabarlo todo como procurando retener el tiempo. Y así vamos ofreciendo en directo por Facebook algo de lo que vivimos. Pero hace bien poco todo esto era impensable: ¡si nuestros abuelos levantaran la cabeza! Ellos ni podían, ni tenían esa necesidad. Lo vivido entraba en el plano del recuerdo y la memoria. Lo importante no era lo que en sí ocurría, sino el impacto que producía en el corazón. Lo que se terminaba contando no era tanto lo que ocurrió sino el cómo se vivió lo ocurrido.

No sabemos lo que exactamente ocurrió en el monte de la Transfiguración, pues no disponían de móvil con cámara. Pero entre las líneas del relato del evangelista sí podemos vislumbrar una experiencia de fe, que sigue siendo viva y válida para todos nosotros.

Como no era extraño, Jesús invita a Pedro, Santiago y Juan para ir a orar a solas. Tampoco nos extraña que, mientras él lo hacía, ellos durmieran. Pero, a pesar del sueño, algo nuevo perciben en Jesús. En su recogimiento profundo con el Padre su rostro cambia; hace tiempo que lo conocían, pero ahora han descubierto algo nuevo de su identidad. Él no era ni como Moisés, ni como Elías; su rostro expresaba una cercanía especial con Dios, era el Hijo de Dios, el escogido al cual había que escuchar de forma singular.

Fue tal la impresión que se espabilaron del sueño. Esa experiencia los reconfortó. Allí se estaba bien, como para hacer cabañas y quedarse. Pero no, había que bajar a Jerusalén. Allí les esperaba la realidad con toda su crudeza. Pero lo vivido en el monte les iba a servir de acicate en el momento de la dificultad. Pronto su rostro lo verían ensangrentado. Pero ahora lo habían visto transfigurado, unido de tal forma a Dios que garantizaba la victoria tras el aparente fracaso.

No tenían móvil con cámara, pero a su manera nos lo contaron. Sin foto ni vídeo nos han relatado una experiencia de oración en la que descubrieron algo tan profundo que les serviría para conocer más a Jesús y para ser sostenidos en los momentos de la dificultad.

En estos momento no nos interesa tanto los detalles de lo ocurrido como el captar el mensaje de fondo: para descubrir las profundidades de Jesús, su rostro radiante, no nos queda otra que “subir al monte a orar”. El descubrimiento de las profundidades de Jesús sólo se hace en el ejercicio de la oración, de la escucha atenta de su Palabra, de la reflexión y la meditación, del dejarnos trabajar por él en el silencio. Todo ello es lo que nos hará mantenernos firmes en Dios en los momentos de la dificultad; lo que como dice el Papa Francisco en la Exhortación “Alegraos y Regocijaos”, nos dará aguante, paciencia y mansedumbre cuando arrecie la dificultad o seamos víctima de la violencia o la humillación.

“Subir al monte a orar” es una actitud imprescindible para todo seguidor de Jesús; pero, en realidad, es una práctica muy ajena a muchos creyentes. “Subir al monte a orar” es lo que nos hará pasar de un cristianismo heredado y social a un cristianismo vivido como un verdadero encuentro con el Señor y los hermanos. Lo que marcará la diferencia de un cristianismo u otro es la disposición a escuchar al escogido, al Hijo amado de Dios en el silencio y en la soledad de la oración.

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