Homilía del Domingo

Tanto amó Dios al mundo…

Jn 3, 16-18

SANTÍSIMA TRINIDAD

Ciclo A

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Tanto amó Dios al mundo…

Como es habitual en estos meses, nuestra parroquia celebra su día en circunstancias especiales. La cercanía implícita a la Santísima Trinidad la vivimos respetando las distancias de seguridad y con mascarillas. Pero aceptando lo que la situación nos impone, de igual manera, queremos vivir esta solemnidad que habla de la esencia de Dios.

Dios es amor; y el amor entraña alguien que ama y un amado que corresponde a ese amor. Así Dios es por naturaleza trinitario, comunitario, familiar. Dios es tan diversidad como unidad; lo diferente lo une; lo uno le hace ser grupo. Y de esta manera, esa comunidad amante se dispone a cumplir con la ley básica del amor: el salir de sí mismo para entregarse. Y en equipo perfectamente sincronizado el Padre crea al ser humano, el Hijo lo levanta de su caída y el Espíritu Santo le hace entrar de pleno en la vida de Dios.

Lo comunitario, por tanto, es un “gen” de Dios que transmite a todas sus criaturas. Cada persona es en función de los encuentros que ha tenido en la vida. Llegamos a poder vivir con autonomía porque nuestros padres nos entregaron la vida. Y nuestra vida alcanza plenitud cuando vivimos para los demás en un intercambio de amor gratuito.

“Y tanto amó Dios al mundo que le entregó a su hijo único”. Y éste, en fidelidad al Padre y guiado por el Espíritu, llamó a un grupo de personas para que estuvieran con él y para enviarlos a predicar. No anduvo en solitario, sino que creó una comunidad frágil que sería el germen de la Iglesia.

A esa Iglesia pertenecemos nosotros. Una comunidad que es universal, pues profesa una misma fe en muchos lugares, pueblos y culturas diferentes. Una comunidad que nace del sacramento de la eucaristía, sacramento de comunión. Una comunidad que lucha por convertir en comunidad a la humanidad entera. La Iglesia Universal se concreta en nuestra Diócesis. Y nuestra vivencia diocesana, en el día a día, se llama parroquia.

Una parroquia a imagen de la Trinidad es un conjunto de personas que se sienten convocadas por el misterio de Dios. Por distintas razones, algo nos atrae al mismo templo: la eucaristía como centro, una imagen, un servicio demandado, una tarea encomendada… Hay Alguien, más allá de nosotros, que sirviéndose de muchas mediaciones, nos hace compartir un espacio.

Pero Aquel que nos convoca por razones muy diversas nos ofrece una meta que nos parece imposible. Es como si nos invitara a ser espejos del mismo Dios, a vivir las diferencias como factores de unidad. Quizás no lleguemos nunca, pero por delante nuestra hay una unidad en la diversidad que nos llama. Y de esta manera podríamos ir avanzando del “venir a mi Misa” a “celebrar con otros la eucaristía”; del “yo soy de tal grupo” al “yo siendo de este grupo me siento grupo junto a otros”, “del yo como párroco controlo lo que es mío” al “yo aúno en la caridad a todos los diferentes a los que pertenezco”.Una parroquia trinitaria es una parroquia imagen y reflejo del Dios de la acogida incondicional. Jesús es la imagen visible del Dios invisible, cada gesto suyo nos habla de las entrañas de Dios. Su acoger a los pecadores a su mesa nos habla de un Dios que no ha venido a condenar, sino a salvar; como los médicos no vienen por los sanos, sino por los enfermos. Por ello, una parroquia trinitaria es una parroquia que aspira a hacer de la vivencia comunitaria lo realmente importante. ¿De qué serviría una liturgia impecable si no conozco el nombre del que junto a mí celebra todos los domingos? ¿A qué me llevaría una devota comunión si permanezco indiferente a la vida de los que se sientan junto a mí? ¿Qué sentido tiene un despacho parroquial eficiente sin la acogida que haga sentirse en casa al que viene a pedir una partida de bautismo? ¿Para qué una catequesis perfectamente programada si la situación de las familias nos resulta cuestión accesoria? El “mirad cómo se aman” es la prueba del calibre trinitario de nuestra comunidad.

Una parroquia trinitaria tiene infinidad de templos. Sin duda, amamos muchísimo nuestra pequeña joya de 1862 donde todos hemos vivido tanto. Pero la Trinidad nos hace ir al mercado de Bailén o a su plaza, caminar por la calle Natalia, visitar al enfermo de la Avenida de Barcelona, tomar un café en la calle Pelayo, o conversar con un vecino en la calle Cataluña como si en el mismo templo estuviéramos. El sagrario de nuestro templo tiene una “réplica” en cada lugar de nuestro barrio donde haya un latido de vida. Y de la misma manera que hemos de conservar el edificio que la historia nos ha legado, metafóricamente hay que sacar el despacho parroquial o la sacristía a la plaza, para hacer de ella lugar de encuentro y escucha.

Una parroquia es un hospital samaritano donde se atiende con ternura a los apaleados de la vida. Pero todo sistema de salud tiene sus hospitales de campaña que se montan rápidamente en aquellos lugares donde se ha sufrido la tragedia. Cada uno de nosotros somos esa unidad móvil dispuestos a atender a todos los que lo necesiten. Y, claro está, a todos los afectados por el Covid 19. En nombre de tu parroquia, a la que perteneces porque vives en su demarcación, porque deseas participar sin más de la Misa, porque te llamas rociero, de la Paz, de la Llaga, de Dulce Resignación, de Cáritas o de Mies, porque des catequesis o lleves las cuentas, porque visites enfermos o reces el rosario, o porque seas Clarisa, tú estás llamado a ser artesano de la misericordia. Si alguien te interrumpe en el camino, párate, míralo, escúchalo; úngelo con el aceite de tu acogida; alégralo con el vino de tu presencia.

Al Padre le pedimos poder seguir creando una parroquia que dé la vida de Dios en este barrio; al Hijo poder sentir como él, pasión por Dios y pasión por cada ser humano; y al Espíritu que nos dejemos evangelizar para convertirnos en testigos del amor de Dios.

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