Homilía del Domingo

Te doy, gracias, Padre…

Mt 11, 25-30

DOMINGO XIV T.O.

Ciclo A

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Te doy gracias, Padre…

Jesús sigue anunciando el mensaje del Reino, del amor de Dios que sanará los corazones y las estructuras del mundo. Pero su persona y sus palabras tienen una acogida desigual. Algunos, a pesar de sus deseos de apertura, no confían del todo; otros permanecen indiferentes; y muchos se oponen con todos los medios que pueden. A poco que observe la realidad se da cuenta de que existen dos grupos bien definidos. Los más estudiados, los escribas, los fariseos presentan muchas resistencias. Para sus esquemas mentales, para las convicciones aprendidas con las que viven Jesús representa una amenaza, un escándalo, una locura, un “tumor” del sistema establecido. Pero, por otro lado, hay otros que se muestran receptivos. Son los irrelevantes socialmente hablando, son los “prescindibles” de la sociedad, los que no son dignos de pertenecer al grupo de los “bien-pensantes” ni “bien-pudientes”: son los pescadores, los publicanos, las prostitutas, los mendigos…

A Jesús le resulta curiosísimo, siente que en esa actitud está la mano de Dios, es un regalo que les hace. Y sin poder contenerse le brota la oración: “Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla. Sí, Padre, así te ha parecido mejor”. Da gracias porque los más pequeños le aceptan como revelación de Dios y porque se sienten cansados y agobiados por una religión que los oprime. Sus vidas están al margen del templo y de la religión oficial. Ellos son unos impuros, unos incumplidores, unos separados y excluidos. Pero, más allá de sus vidas y conductas, siguen sintiendo el deseo de Dios.

Jesús quiere compartir con ellos lo que ha recibido del Padre. Les habla de algo que responde a sus anhelos más profundos y les propone una vivencia de Dios que supera el simple bienestar. Les muestra una vida llena de sentido, una razón para cargar con un yugo y una carga que libera del mirarse existencialmente el ombligo. Y se fascina al ver que estas personas le escuchan, acogen su mensaje y van dando muestras de conversión, entre idas y venidas, entre pasos hacia adelante y pasos hacia atrás. Ante ellos se presenta como el que tiene la autoridad de Dios, que se hace visible en la mansedumbre y la humildad. Él no quiere imponer nada a la fuerza, simplemente les propone que abran sus corazones a su persona y mensaje.

Dicen que sólo nos acordamos de Santa Bárbara cuando truena, que a Dios acudimos sólo cuando nos interesa. Y es que en esta sociedad de “sabios, entendidos y autosuficientes” sólo miramos hacia arriba cuando se nos ha acabado la posibilidad de caminar hacia adelante. En ocasiones, la vida nos trae “truenos” que nos desarman, que nos hacen contactar con la limitación de la realidad, con la limitación del deseo de bienestar. Y algunos con sencillez, con mansedumbre, con humildad se abren a otra posibilidad. Al principio todos nos acercamos a Dios desde una necesidad, después aprendemos a amarle más que a necesitarle.

Jesús presentaba un mensaje liberador y comprometido. Y nosotros, cristianos del s. XXI, ¿qué mensaje transmitimos? ¿Un evangelio adulterado que ha perdido la capacidad de dar sabor y luz? ¿Un mensaje lleno de preceptos que buscan una ortodoxia que procure tranquilidad de conciencia? ¿Un mensaje convertido en testimonio humilde, que alimente de esperanza y ofrezca un propósito, desde el sentirnos todos hijos de un mismo Padre?

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