Homilía del Domingo

Tentados como Jesús

Lc 4, 1-13

DOMINGO I CUARESMA

Ciclo C

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Tentados como Jesús

Desde pequeños nos enseñaron que Jesús es el Mesías. Dicho de otra forma, Jesús es el Cristo, es decir, el ungido del Espíritu Santo. Jesús está tan “empapado” del Espíritu que va donde él le lleva; y piensa y siente y actúa como le sugiere el Espíritu. Jesús es un hombre “espiritual”. Pero eso no significa que lo tuviera todo claro; ni que viviera siempre en plena luz sin tinieblas interiores; ni que estuviera exento de ser tentado a vivir su misión de otra forma. ¡Ni mucho menos! Como todos nosotros, él sufrió la tentación, la presión externa e interna para vivir y actuar de forma diferente a como Dios actúa. Ésta fue una lucha que lo acompañó toda su vida. Y el evangelista nos ha prestado el servicio de recoger esas tentaciones en el relato que nos presenta el evangelio de este primer domingo de Cuaresma.

Jesús tiene la tentación de aprovechar su condición de Hijo de Dios para beneficio propio. Él tiene hambre y puede convertir las piedras en pan. ¿Qué necesidad tenía de pasar lo que pasaban los hambrientos de su época?

Con sólo arrodillarse podía conseguir poder y gloria. Son muchos los que buscan un poder que no tienen; lo desean y hacen por él lo que fuera necesario. Jesús, sin embargo, lo tiene, está a su alcance. Se le pide que haga uso de él. No tiene necesidad de ser siervo débil, puede ser poderoso señor. Puede hacer lo mismo que ha venido a hacer pero de forma diferente. Al fin y al cabo, siendo poderoso puede someter a muchos que hacen el mal. ¿No es mejor eso que ponerse a merced de los seres humanos?

Y saltando del alero del templo conseguiría un prestigio que le vendría muy bien. Acudirían los ángeles y evitarían que se estrellara contra el suelo. La gente aplaudiría el espectáculo; y muchos se quedarían convencidos por lo espectacular de la acción.

Como todos nosotros Jesús es un ser en contradicción; con necesidad de discernir cuál es el camino a seguir; presionado por fuerzas, pensamientos y necesidades que no se ajustan a los modos de Dios. Y en ese buscar en medio de las tinieblas y las presiones externas e internas, encuentra un alimento fundamental: la Palabra de Dios. La Palabra le sirve como faro en medio de la noche, como señal clara en las encrucijadas de la vida.

En ella descubre que no sólo de pan vivimos; que nuestra fe no está para favorecernos al margen de los otros; sino para dar sentido a nuestras carencias y atender a la de los demás. Descubre en la Palabra que no hay mayor poder que el servicio; que es dando como se recibe; que es la fuerza del perdón la que puede vencer la espiral de la violencia. Y es en esa Palabra donde ve con claridad que la entrega auténtica no es espectacular; que no puede salvar con un show puntual ahorrándose la entrega en lo oscuro y desapercibido de la vida.

Como Jesús somos tentados a “usar” nuestra fe para beneficio propio. Como él experimentamos una fuerza que nos empuja a ser primeros en vez de últimos; a querer ser servidos más que a servir. Y, como a Jesús, hay algo que nos hace rechazar la entrega callada y oculta, deseando lo espectacular y fácil en la vida.

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