Homilía del Domingo

Una cosa te falta: vende lo que tienes…

Mc 10, 17-30

XXVIII del TIEMPO ORDINARIO

Ciclo B

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Ven, Espíritu Santo

Secuencia comentada Ven Espíritu Divino,manda tu luz desde el cielo, Padre amoroso del pobre; don en tus dones espléndido; luz que penetra las almas; fuente

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Una cosa te falta: vende lo que tienes…

Un nuevo domingo se nos regala la Palabra, que es luz y sal en nuestra vida. Pero la luz, al tiempo que ilumina, deja al descubierto todo. Y la sal, de la misma manera que da sabor, nos hace sentir escozor en la herida. Así, el episodio del joven rico puede dejarnos al descubierto y nos puede escocer un poco.

Este muchacho tiene prisa de preguntarle algo a Jesús y le sale al encuentro. Es una persona religiosa y desearía que se le diera aquello en lo que cree, la vida eterna. Y es cuando se entabla un diálogo sencillo, cercano y profundo entre Jesús y él. ¿A qué viene la pregunta? Lo sabe de sobra, conoce al dedillo la Ley, desde pequeño la ha venido practicando. Eso es lo que precisamente le responde a Jesús cuando le dice aquello que ya sabía. Ambos sabían que esa no era la verdadera pregunta. Los dos estaban convencidos de cuál era el punto central de la cuestión.

Y Jesús mirándolo con cariño le dice lo que intuía y temía: “Una cosa te falta: anda, vende lo que tienes, dale el dinero a los pobres, así tendrás un tesoro en el cielo, y luego sígueme”.

Ante él había dos opciones: o continuar con su vida acomodada o seguir a Jesús; o acumular para tener cada vez más o vender para compartir con los más necesitados; o poner el dinero a su servicio o dejarlo disponible para el proyecto de Dios. Estaba en combate. Su cara lo refleja al fruncir el ceño. Al final, se va. Desea seguir a Jesús, pero no puede dejar su dinero; más bien está sometido a él. Tiene dinero, pero está triste.

Todos somos un poco ricos. Todos tenemos algo que nos sobra. A todos nos gustaría tener más para que nos sobre. Y en eso conocemos a Jesús, el pobre itinerante que camina libremente con lo puesto. ¿Qué hacer? Seguirle conlleva despojo, dejar lo que lastra, ponerlo todo al servicio de Dios en los más pobres. Hay dos fuerzas contrapuestas que luchan en nosotros: el deseo de vivir como Jesús y la necesidad de sentirnos seguros teniendo y acumulando.

Y nosotros, como el rico, nos ponemos delante de Jesús. No queremos hacerle ninguna pregunta, sólo una petición. Necesitamos la fuerza de su Espíritu para liberarnos de todo aquello que nos aparta de la propuesta del Evangelio. Le pedimos sentirnos seducidos por él de tal manera que no pueda con nosotros la seducción del dinero y del tener. Le pedimos ilusionarnos tanto con el proyecto del Reino que pongamos a su disposición lo que somos y tenemos. Para nosotros es imposible; pero “Dios lo puede todo”. Pon tu realidad ante él. Fijas los ojos, no en tu fragilidad, sino en su fuerza transformadora y liberadora. Y dile: “Que pueda venderlo; que no ponga nada por encima de tu proyecto. Ayúdame a vivir como quiero; que no viva para lo que me atrae sin quererlo”.

Y nos fijamos en la belleza del confiar, del compartir y de la austeridad. Porque es bello confiar. Pero no sólo bello, sino inteligente. Ya que por mucho que tengas no puedes asegurar absolutamente nada. Y es precioso compartir, aliviar las necesidades, poder ofrecer de lo tuyo para ayudar a que el otro viva dignamente. Todavía más: tiene mucha belleza el vivir con lo que realmente necesitamos; el no acumular lo que no necesito, lo que no me pongo, lo que ni siquiera sé que tengo.Como al rico, hoy Jesús nos mira con cariño. Él sabe el combate que hay en nuestro interior. Nosotros sabemos que confiamos de su fuerza liberadora.

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