Homilía del Domingo

¡Ven, Espíritu Santo!

Jn 20, 19-23

PENTECOSTÉS

Ciclo C

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¡Ven, Espíritu Santo!

Los discípulos estaban en una casa con las puertas cerradas por miedo. En medio de sus miedos son visitados por el Resucitado que les transmite la paz. Y les encomienda la misión que él había recibido del Padre: “Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo”. Los envía pobres y débiles, pero sostenidos por su aliento: “Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: Recibid el Espíritu Santo”.

En esta solemnidad de Pentecostés le pedimos al Espíritu que nos rescate de nuestros miedos y abra nuestras puertas cerradas. Que él venza la inercia a replegarnos y a encerrarnos en nosotros mismos. Que la alternativa a fijarnos obsesivamente en nuestras cosas sea ser “padre/madre amoroso del pobre”.

Levantar nuestra mirada de nosotros a toda realidad que tiene al Espíritu como “dulce huésped”. Cada página de la historia, realidad, situación, cada persona es una morada del Espíritu. Que ese Espíritu no nos deje caer en la tentación de lamer nuestras heridas, sino ser brisa, consuelo y tregua para aquellos que se hunden en el duro trabajo de la supervivencia.

Que el Espíritu de Dios nos ilumine para ver la riqueza que hay en nosotros y que podamos transmitir esa experiencia a los otros. Porque la consciencia de la presencia de Dios en nosotros nos dignifica, ahuyenta la sensación de vacío y despliega las fuerzas del bien. Y al contrario, no ser consciente de ello es dejar que el poder del mal y el pecado campen a sus anchas. Si conociéramos el don de Dios que llevamos dentro seríamos una célula de salud en nuestros contextos.

En cada habitante de este mundo y en cada rincón de este planeta el Espíritu está “regando”, “sanando”, “lavando”, “infundiendo calor”, “domando” y “guiando”. Se nos invita a transformar la tendencia al pesimismo y a la desesperanza en confianza en el poder de Dios. El Espíritu llena de vida y frescor lo que consideramos muerto o reseco en nosotros. Tiene el poder de sanar lo enfermo de nuestra sociedad y de nuestro mundo. Lava rejuveneciendo y transformando la injusticia que mancha la belleza de tantos pueblos. Infunde calor en nuestros proyectos y trabajos por un mundo mejor. Doma y guía nuestras fuerzas para que sean empleadas en amar, en servir y en luchar por el Reino.

El Espíritu Santo es presencia real y callada; es una fuerza dispuesta a activarse; es poder de transformación que pide permiso; es energía de santificación que pega a la puerta; es Dios íntimo a nosotros hasta en lo más inconsciente; es el corazón de cada átomo de materia preparado para ser descubierto. Es la fe la que hace realidad toda la potencia del Espíritu. Es la fe la que abre las puertas a toda su fuerza transformadora. Por eso le pedimos al Espíritu la fe que necesitamos para poderle dejar actuar; para tener experiencia de él en lo cotidiano de la vida; para abandonarnos a su poder cuando, sobre todo, mascamos nuestra impotencia; para verle llamándonos en el tiempo que nos toca vivir; para pasar del yo al tú y del tú al nosotros; para caminar de la indiferencia a la lucha solidaria.

¡Ven, Espíritu Santo, a nuestra consciencia, porque ya estás antes que yo existiera!

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