Homilía del Domingo

Vosotros sois la sal de la tierra y la luz del mundo

Mt 5, 13-16

V DOMINGO T.O

Ciclo A

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Vosotros sois la sal de la tierra y la luz del mundo

El ser humano es una joya en sí mismo. En su esencia está grabado lo más genuino de Dios. Su dignidad estriba en lo que es, no en lo que hace, ni en lo que tiene, ni en cómo piensa, siente o en el color de su piel. Pero el ser humano también es un proyecto, porque esa dignidad que posee tiene que desplegarla. Su vida y sus decisiones le llevarán a culminar lo que es, o a malograr ese maravilloso proyecto.

Y cuentan que un día Dios quiso echarle una mano a ese ser humano que con amor y libertad creó. Quería salvarlo de su propia tendencia suicida. Tanto invirtió en ese propósito que él mismo se implicó personalmente. Para demostrar a los humanos el valor que tenía tomó su propia carne. Y Jesús se convirtió en el mejor ejemplo de cómo vivir la humanidad para llevarla a la plenitud. Se mostró como el camino que nos conduce a la verdad del hombre y la mujer para que puedan vivir en abundancia. Hasta el mismo Pilato, quizás sin saber lo que decía, lo puso como ejemplo: “Ecce Homo”.

Su persona, su mensaje, su proyecto, su estilo de vida tienen el poder de convertir a la persona que lo acoge en alguien con sal y luz, con capacidad para dar sabor a la vida y para iluminar la existencia. En medio de la masa de la gente, en el fondo de la corriente de la vida cotidiana, el discípulo de Jesús puede ofrecer una nueva forma de vida más humana; puede dar sabor a los esfuerzos de cada mañana, a las situaciones más dolorosas o al lento y repetitivo transcurrir del tiempo. El que porta el Evangelio como un tesoro en vasija de barro puede iluminar el sentido del vivir, el saber por qué hemos nacido, el más allá de las satisfacciones superficiales y pasajeras.

Pero el ser una persona salada y luminosa no es una adquisición de por vida. Es una realidad que requiere esfuerzo continuo, cuidado permanente. Para ser sal y luz es necesario el tanteo continuo de una vida evangélica con los ojos fijos en Jesús. Es decir, el conocer a Jesús, como un amigo a un amigo, de tal manera que sea Jesús quien en mí viva lo que me toque en cada momento.

¿Qué suele ocurrir cuando esto no es así? Lo primero es que la sal y la luz no están donde debieran. Siendo salados y luminosos ni dan sabor ni luz porque no se está en medio de la vida, sino resguardados y ocultos. La sal tiene vocación de disolverse en contacto directo con el caldo de la gente y la vida. La luz sirve en la medida que se expone y se descubre. El Papa Francisco nos invita a ser “Iglesia en salida”. Lo segundo, que cuando no ponemos los ojos en Jesús lo ponemos en nuestro propio ombligo, y nos convertimos en unos seres encorvados sobre nosotros mismos. Y esto nos lleva a la comodidad de nuestro propio repliegue; a mirar exclusivamente por mí y por lo mío. Y aunque paradójicamente pareciera que es lo que más nos interesa, sin saberlo estamos cerrándonos a nuestra propia carne. Porque el otro, no es algo diferente a mí. Nosotros necesitamos tanto a los demás como ellos nos necesitan a nosotros. Porque sólo cuando soy sal y luz para los demás, mi propia vida tiene sabor y se ilumina.

¿Os imagináis al Nazareno viendo a su madre conservar los alimentos en sal o poniendo sobre la mesa el candil? ¿Os lo imagináis en la intimidad de la oración amasando la vida y la experiencia de Dios? ¿Os lo imagináis en ese momento en el que su imaginación le ofrece el ejemplo adecuado para expresar lo que quería? “Vosotros sois la sal de la tierra y la luz del mundo”.

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