Homilía del Domingo

Yo soy la puerta de las ovejas

Jn 10, 1-10

IV DOMINGO PASCUA

Ciclo A

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Ven, Espíritu Santo

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Yo soy la puerta de las ovejas

Algunos dicen que al ser humano lo han sometido a una sutil, pero eficaz terapia de “adelgazamiento”. Dicen que, aunque parecieran con sobrepeso, lo han hecho un ser inconsistente. Dicen que le han robado la capacidad de mirar para arriba; de ver más allá de lo que ocurre; o de esperar en algo que no puedan tocar, pesar o medir. Dicen que le han quitado al ser humano la capacidad de llorar por lo realmente importante, o por lo importante para aquellos que no conoce. Siguen diciendo que al ser humano le han adelgazado su potencial de soñar; que, o no lo hace, o son sueños tan livianos como la nada. Además, comentan que el ser humano ha perdido la musculatura de la empatía, de la pasión, del interés por lo público, de la capacidad de indignarse, y el orgullo de la respuesta. Comentan que está de moda el “ser delgado”, el “quedarse en el chasis”, el que se “te noten los huesos”. Comentan que al ser humano lo han dejado en nada, en puro ser de necesidades. Comentan que a lo máximo que puede aspirar es al confort, a que no le falte nada. Comentan que sólo tiene hambre de “chucherías”; que rehúsa cualquier otro alimento contundente porque ni siquiera lo desea. Comentan que sólo pega a las puertas de los kioscos buscando lo que le entretiene porque no sabe hacer otra cosa.

Pero el ser humano quizás no sepa que hay una puerta siempre abierta a la que pueden llamar a cualquier hora. Esa puerta se llama Jesús. Algunos han entrado por ella. Lo mismo fue por equivocación, o por casualidad, por pura desesperación o porque no tenían nada que hacer. Pudieron entrar por invitación o por conveniencia; esperando una cosa y encontrándose con otra. Pero los que terminaron entrando se encontraron con pastos y vida en abundancia. Alguien los miró de tal manera que comenzaron a mirarse de forma diferente. Se descubrieron deseados y no casualidades del destino. Sintieron la necesidad profunda de ser amados y de amar. Se dieron cuenta que la vida tenía un porqué, y tuvieron la suerte de descubrirlo. Recuperaron la capacidad de soñar, de esperar, de reír y llorar con los gozos y sufrimientos propios y ajenos. Existían porque necesitaban, pero también porque pensaban, y amaban, y esperaban.

Éstos son los testigos de la “puerta de al lado”. Son los que han aprendido a escuchar la voz de Dios y quieren compartir la experiencia de lo que es estar atentos a las profundidades del corazón. Son los que animan a escuchar el rumor divino en el corazón de cada persona, de cada tiempo y de cada acontecimiento. Los testigos de la “puerta de al lado”, entran y salen continuamente por ella; siguen a Jesús, creen en él, confían en él, siguen su estilo de vida y caminan con lucidez y responsabilidad. Y desde esa experiencia te invitan a entrar; a caminar sabiendo que Jesús va por delante; a vivir desde la promesa que te espera donde aún no has llegado; a entregarte con pasión a él estando de corazón en cada cosa.

Dicen que el ser humano se ha vuelto agresivo, receloso y desconfiado. Comentan que vive con las “puertas cerradas” por miedo no sabe bien a qué. Dicen que, mientras más débil se siente, mas vocifera, insulta y pega. Comentan que el ser humano es como un cactus con muchas espinas porque vive en un desierto. Dicen que, bajo apariencia de arrogancia, tiene un “yo muy débil” porque ningún “tú” lo ha llamado de verdad por su nombre. Pero los testigos de la “puerta de al lado” han encontrado una “puerta” donde te encuentras porque te esperan; donde hay Alguien que te llama por tu nombre; que te recrea con su mirada; que te sostiene con su Palabra; que te da la fortaleza que necesitas para asumir tu debilidad y para llamar a los otros por su nombre.

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