Parroquia

La Santísima Trinidad (Málaga)

Homilía del Domingo

SARMIENTOS DE BUENA CEPA

Mt 21,33-43

XXVII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

Ciclo A

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SARMIENTOS DE BUENA CEPA

XXVII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
TEXTOS: Is 5,1-7; Sal 79; Fil 4,6-9; Mt 21,33-43.

A veces, el mensaje se reviste de poesía. Isaías, el profeta que supo trasmitirnos la fortaleza de un Dios Creador junto a la ternura de un Dios Padre, nos deja en la lectura de hoy una de las páginas más entrañables y exigentes del Antiguo Testamento. Usando una metáfora bellísima, Isaías nos explica las relaciones entre Dios y su pueblo, comparando a Dios con un viñador y a nosotros con su viña. El profeta hace de narrador de esta historia de amor y desamor entre Dios y los hombres: voy a cantar en nombre de mi amigo un canto de amor a su viña.

Dios, el viñador, tenía una viña hermosa en un fértil collado: la cavó, la decantó y plantó buenas cepas; construyó un lagar y esperó que diera buenas uvas… pero dio agrazones. Y el viñador se queja dulcemente: Habitantes de Jerusalén, decidme: ¿qué más cabía hacer por mi viña que yo no haya hecho? ¿Por qué esperando que diera uvas, dio agrazones? La frustración del viñador, le hace clamar contra su viña: La dejaré arrasada: ¡no la podarán ni la escardarán, crecerán zarzas y cardos, prohibiré a las nubes que lluevan sobre ella! Parece que la viña tiene poco futuro; el pueblo, en continuo desaire a su Dios se merece el abandono.

Jesús en el Evangelio recoge esta bella imagen de la viña y la expone como parábola para explicar su misión: el Dios de «entrañas de misericordia» no puede olvidar a su viña, que somos nosotros. Y nos envía continuos mensajeros para que volvamos a dar fruto; y nosotros, su pueblo, vamos matando, con el odio o la indiferencia, a todos los mensajeros y profetas. Pero, es tanto el amor del Señor por su viña, que envía como último mensajero a su propio Hijo: para pedirle a su viña que vuelva al amor primero y dé fruto de uvas dulces. Y el Hijo sufre la misma suerte: le mataron. Para ser más exactos: le matamos.

La historia de las relaciones entre Dios y su pueblo es una historia continua de amor de Dios entregado y de nuestras respuestas egoístas. Y, sin embargo, Dios sigue con la mano tendida, fiel como el labrador a su tierra, esperando el fruto apetecido. Jesús cierra su parábola con un canto a la esperanza: buscaré unos labradores que cuiden mi viña, un pueblo que dé fruto abundante. Y no será necesario ser ni de raza ni tierra determinada: mi viña será los corazones del hombre y mujer de buena voluntad que escuchen el mensaje de salvación.

La Iglesia es la nueva viña del Señor y nosotros sarmientos de esta viña por nuestro Bautismo. Ante la ternura del viñador ¿no merece la pena empeñarnos en dar frutos de amor y caridad? San Pablo nos da una lista de bellos frutos: todo lo que es verdadero, noble, justo, puro, amable, laudable, todo lo que es virtud o mérito, tenedlo en cuenta…. Y sentencia: Y la paz de Dios, que supera todo juicio, custodiará vuestros corazones.

La poesía del relato de Isaías, hecha parábola en la boca del Maestro, nos interpela hoy a nosotros. Podemos preguntarnos ¿mi vida da fruto de uva dulce, o sólo produce agrazones?

La Iglesia es la viña del Señor y cada uno de nosotros un sarmiento: si estoy unido a la cepa que es Cristo daré fruto. ¿Construyo comunidad o voy por libre?

Alfonso Crespo Hidalgo

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