En este mundo convulso donde la guerra entre pueblos y la violencia entre hermanos son triste y penosa actualidad, los creyentes en Cristo resucitado tenemos una misión concreta: trabajar intensamente por el retorno de la paz. Una paz que evite todo atentado a la vida humana y cualquier violencia entre nosotros. Una paz que no solamente se basa en el silencio de las armas, sino que ha de tener su raíz en el reconocimiento de que cada persona es hermana nuestra, pues todos somos hijos del mismo Padre Dios y como tal debe ser amada con un amor desinteresado.





