Hacer el bien es saludable, pero no lo es tanto si lo hacemos para que nos vean, lo reconozcan y nos estimen o nos alaben. La recompensa cristiana está en que no sepa nuestra mano derecha lo que de bueno hace la izquierda. Que cuando hagamos el bien a los demás, ni siquiera ellos se enteren de nuestras buenas obras, para que no nos las atribuyan a nosotros.

Estamos tan acostumbrados a emitir juicios sobre lo que hacen los demás que no nos paramos a pensar si estamos capacitados para emitir veredictos justos.





