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Si de verdad amamos a Dios, si nos echamos en sus brazos sin miedo, aceptando hacer su voluntad, habremos conseguido inmunizarnos contra las apetencias mundanas. Porque solamente en Dios encontraremos la felicidad plena. Amándole a Él, todo lo demás nos sobrará y nos resultará muy fácil desprendernos de lo que no tiene valor. No equivoquemos, pues, nuestra meta, que es la que nos lleva a amar a Dios y a los hermanos, pues ésta es la voluntad del Señor para los que quieren ser fieles a Él.

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