Por la fuerza no se consigue convencer, sino imponer. Con la bondad, la mansedumbre, la humildad, y, sobre todo, con el propio ejemplo, es más fácil llegar a los otros. Si no ven en nosotros la mano que castiga o la lengua que descalifica virulentamente, no nos rechazarán de entrada. Para conseguir más adeptos a la causa del Evangelio debemos despojarnos de la soberbia y la amenaza.

Resulta fácil dormirse cuando tenemos ante nosotros tareas de ayuda a los hermanos o de mejora de nuestro vivir como creyentes. Somos muy dados a





