Es más fácil dar consejos a los demás que aplicárnoslos a nosotros mismos. Tenemos la mala costumbre de criticar a los otros, de sacar a relucir sus defectos y de condenar sus dichos y sus hechos. Si mirásemos sinceramente dentro de nuestros corazones, descubriríamos que estamos necesitados de mejorar en nosotros lo que exigimos al prójimo. Más nos vale asumir que antes de querer poner en orden la casa del vecino debemos tener la nuestra sin manchas. Cuando tengamos que decir a alguien que ha actuado mal, pensemos antes si nosotros hemos actuado bien.

Para ser mejores personas y para poder ayudar cristianamente a los demás, necesitamos la fuerza que solamente procede de Dios. Nosotros somos poca cosa, estamos





