Homilía del Domingo

Dame de beber

Jn 4, 5-42

III DOMINGO CUARESMA

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Dame de beber

La samaritana era una persona como tantas otras. En apariencia su vida se limitaba a procurar la satisfacción de sus necesidades más superficiales. El ir a buscar agua en el pozo era signo de ello. Necesitaba tanto del cántaro como de la escoba de ramas para barrer o el haz de leña para cocinar. Ese fue un día en apariencia como tantos otros; pero fruto del no sé qué se iban a cruzar dos vidas. Al tiempo que ella llegaba a sacar agua del pozo un desconocido estaba allí. ¿Azar? ¿Providencia? ¿Casualidad? Ambos iban guiados por la sed.

Ella sólo quería llenar el cántaro y marcharse, pero aquel judío le dirige la palabra. ¡No podía creerlo! ¡Un judío dirigiéndose a una mujer y, además, samaritana! Pero Jesús le habla del don de Dios, de un agua que apaga la sed para siempre. Ella va a lo que va; en el momento que lo tenga, se irá. No le interesan las teorías de ese judío. Aunque en verdad no le vendría mal un agua que le ahorrara venir a por más. Sólo quería que la dejara en paz.

Pero Jesús rompe sus defensas y la desarma con una pregunta. Se ha interesado por su marido, por las cosas del corazón. La samaritana no reacciona en su línea. Ahora es tan vulnerable como ese hombre cansado y sediento. Ya no responde con evasivas, ni tiene prisas. Ahora habla de lo que hay más allá de la necesidad primaria. Ese desconocido le ha abierto el corazón; ha acogido sin juzgar sus muchos intentos de buscar sentido a su vida en sus muchos maridos. Con Jesús ha podido llegar a hablar de la búsqueda del Dios verdadero y de su esperanza de fondo: un día vendrá y nos lo enseñará todo.

¿Qué ha ocurrido? No es la misma mujer que llegó al pozo. Resulta que su vida tiene profundidad, que tiene otra sed más profunda. Ya no responde con evasivas, ni es tosca con el desconocido. Ahora es capaz de expresar lo que lleva en el corazón, lo que ha buscado durante toda su vida y lo que continuamente espera bajo la apariencia de mujer superficial juntada con alguien que no es su marido. ¡Y se ha vuelto sin el cántaro! Parece que ya no le hace falta. Es como si hubiera descubierto un manantial interior, algo que apagara la sed profunda que todo ser humano tiene. Se ha encontrado con el Mesías, con el que tanto esperaba. Y lo ha reconocido y aceptado junto al pozo, en ese judío cansado y sediento que le pidió de beber. Muchos judíos rechazaron a Jesús; ella creyó que en la figura del aquel sediento estaba la fuente que apagaba toda sed.

Todos nosotros tenemos un cántaro en el que intentamos recoger ese agua que pensamos puede calmar nuestra sed. En él almacenamos nuestro dinero, nuestra salud, nuestras satisfacciones por ser amados, el prestigio del que gozamos y la seguridad de la que disfrutamos. Pero, a poco que pensemos o sintamos, nos daremos cuenta que necesitamos más, que hay un hondón en nuestro interior que está vacío. Y Jesús nos hace la propuesta del manantial de Dios. El misterio de Dios es un surtidor interno que riega con aguas de vida todos los rincones de la existencia. Te convierte en el siempre acompañado, en el que tiene un porqué para vivir y una razón para levantarse todas las mañanas. Pero el agua de Dios, al tiempo que sacia, acrecienta tu capacidad deseante. Ese misterio de Dios lo descubriste un día junto a un pozo; ese día en que descubriste a Jesús. ¿Y cómo sabes que lo descubriste? Por la cantidad de cántaros que has dejado. Porque si te aferras a ellos es porque todavía bebes de un agua que no apaga la sed honda; la que hay que estar vigilantes para darse cuenta de ella.

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