Homilía del Domingo

Estad preparados

Mt 24, 37-44

I DOMINGO ADVIENTO

Ciclo A

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Muchos de nosotros tenemos amigos que un día, con alegría y preocupación, te dicen que su hijo o hija es “superdotado”. Actualmente se le llaman “personas de alta capacidad”. Y mira por dónde, María y José tenían uno de ellos. Jesús era una persona de “alta capacidad deseante”. Él vivía unificado en dos amores: su Padre y el proyecto de éste, el Reino. Vivía para estas dos realidades. Tan es así que era lo que realmente le alimentaba. El objeto más preciado de su deseo era cumplir la voluntad de su Padre. Deseaba desde lo más profundo de su ser que ese Reino se hiciera presente. Y desde esa experiencia, cuando enseñaba a sus discípulos a orar les invitaba a decir: “Venga a nosotros tu reino”. Aunque lo sentía ya presente, sabía que algo nuevo estaba por estallar en plenitud. El Reino era para él como un poquito de levadura que tenía la fuerza de fermentar a la potente masa. O como un granito de mostaza que, en su aparente debilidad, albergaba la fuerza para anidar a los pájaros. Con gran deseo, esperaba que, al final, despuntara lo que ya estaba naciendo.

Esa capacidad deseante, la espera de lo que está por venir se transforma en él en una actitud que predica mucho: la vigilancia, el estar en vela. Vigilar es educar la mirada para verlo venir en cada acontecimiento. Es saber mirar como el que sabe descubrir que el brote de la higuera ya está anunciando la primavera. Y cuando se sabe mirar de esa manera el presente, éste se vive con pasión; porque en él está llegando el que tanto se desea. Con pasión y con libertad, porque apoyado en el presente hay que dejarlo ir para acoger el futuro.

Y sintiendo Jesús lo que siente, ¿cómo percibe a la gente? La ve distraída, relajada. Es como si se hubiesen instalado en el presente; como si nada estuviera por venir; como si todo lo que pudieran esperar fuera lo que están viviendo. Se da cuenta que les falta “capacidad deseante”, de que no gozan de la “inteligencia del deseo”. Y para ponerles un ejemplo a sus discípulos le habla de lo que había escuchado sobre Noé. En tiempos de éste la gente comía, bebía, se casaba… Y todo ello ajenoS a lo que se estaba preparando.

Este domingo comenzamos el adviento. Para vivirlo necesitamos desear. Necesitamos esperar que habrá un final, una plenitud. Necesitamos pensar y desear que llegaría un día en que vendrán los cielos nuevos y la tierra nueva; donde no habrá ni llanto, ni luto, ni dolor, sino paz y alegría eternas; en el que de las espadas se forjarán arados y de las lanzas podaderas; donde el lobo pacerá con el cordero. Pero ese futuro ya se está gestando en el presente. Porque desearlo es prepararle el camino viviendo con pasión lo que nos toca y lo que elegimos. Es vivir como anda el montañero, que pisa con fuerza, que pone el alma en cada pisada sabiendo que, para subir a la cumbre, tiene que desprenderse de ella. Es darme en lo que hago de forma despegada porque eso desaparecerá al ser plenificado.

Vivir el adviento es una invitación a matricularnos en la escuela de la purificación de la mirada; a ser unos continuos discípulos de esta disciplina. A aprender humildemente a ver venir al Señor en cada persona con la que vivo o me encuentro; y en cada acontecimiento que me acaricia, me golpea o ignora.

Que este adviento vuelva a decirlo, pero con deseo: ¡Ven, Señor Jesús!

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