Homilía del Domingo

Haced lo que Él os diga

Jn 2, 1-11

II DOMINGO Tiempo Ordinario

Ciclo C

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Haced lo que Él os diga

El evangelio de este domingo nos relata una escena muy conocida por todos nosotros: la boda en Caná de Galilea. En un pueblo tan pequeñito todos estarían esperando ese acontecimiento. Porque la boda para el judío tenía resonancias de realidades muy profundas. Al fin y al cabo, Dios se desposaría (casaría) con su pueblo y vendrían los tiempos en los que la paz abundaría eternamente. Pero sin llegar a tanta profundidad una boda rompía con lo cotidiano. Una boda en el pueblo era fiesta para todos. Eran días de comer y beber con los novios, de alegrarse con ellos y de rezar por ellos. Y allí “estaban” María, Jesús y sus discípulos. En ese momento no se encontraban en el templo, ni discutiendo con los maestros de la ley de cuestiones religiosas; no, estaban en medio de la vida, de la gente, de la celebración.

Pero no estaban de cualquier manera. Ocurre algo terrible. Una tragedia doméstica: ¡se han quedado sin vino! Esos pobres y humildes muchachos no habían hecho bien las cuentas. Y María no sólo estaba, sino que “estaba pendiente”. No era una presencia pasiva, sino activa, en beneficio de esa comunidad que estaba de fiesta. Y lejos del espacio sagrado del templo se va a producir un signo que nos habla de cómo es la vida y el proyecto de Jesús. “No les queda vino”, le comentó. Y hubo una negociación, porque Jesús veía que, si hacía lo que había que hacer, comenzaría una nueva etapa. Y en medio de la fiesta y de la vida tomaron una decisión trascendental: comenzar el camino sin retorno hacia la “hora” en la que Jesús daría el mejor discurso sobre el amor de Dios, la cruz. “Haced lo que él os diga”, le dijo a los sirvientes. Así de fácil. Porque también había llegado la hora de la confianza absoluta.

Y lo que iba a acontecer serviría para entender la vida de Jesús y su proyecto. Él había venido a salvar a la gente, a servirla. La gente estaba por encima de los espacios sagrados y de las normas religiosas. Por eso, el primero de los signos de Jesús se iba a dar en medio del jolgorio de una fiesta, en medio de la vida, en medio de la gente. Les mandó que llenaran de agua unas tinajas que, normalmente, se utilizaban para la purificación religiosa. Cada una podía tener la capacidad de cien litros, y era seis. Y resultó que el agua de las tinajas de las purificaciones se convirtió en vino del bueno. Casi nadie se enteró. Jesús, lo primero que salvó, fue una boda. Y allí siguieron todos bebiendo como signo de la alegría y del amor. Y pudo seguirse la celebración en ese pueblo porque hubo un equipo de servidores que trabajaron conjuntamente para ello. Hicieron que abundara exageradamente (¡seiscientos litros!) lo que superaba al agua de las purificaciones y al primer vino de la boda.

María y Jesús siguen estando presente allí donde se cuece la vida. De la misma manera que convirtieron en espacio sagrado una boda, se siguen haciendo presente en nuestra realidad convirtiéndola en un templo de su presencia. Y están no de cualquier manera, sino pendientes. Pendientes por si nos faltara el vino de la alegría, del sentido, de la fe. La madre del Señor sigue diciendo a su hijo lo de “no les queda vino”, sigue poniendo ante su corazón esas situaciones de aprieto que pueden malograr nuestra existencia. Y a nosotros también sigue diciéndonos: “Haced lo que él os diga”. Y nos invita a ser signos en medio de la vida de la gente. Nos envía a estar presente en lo que viven los demás; a estar presente y pendiente de sus situaciones de aprieto para poder salirles al paso, para poder salvar sus vidas ofreciéndoles el vino bueno de la fe y el amor hecho cercanía solidaria.

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