Homilía del Domingo

Levantaos, no temáis

Mt 17, 1-9

II DOMINGO CUARESMA

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Levantaos, no temáis

Jesús y sus discípulos continúan anunciando el Reino por los caminos de Palestina. Se percibe una fuerte resistencia. La luz vino al mundo, pero muchos prefieren las tinieblas que ocultan sus intereses. ¿Cómo va a acabar todo? Las previsiones no son halagüeñas; se puede esperar cualquier cosa. Jesús está en ello pero, ¿y los discípulos? No alcanzan a entender el estado de la cuestión ni la gravedad del asunto. Su inconsistencia puede romperlos en el momento de la prueba. Necesitan ser preparados y fortalecidos para cuando llegue.

Elige a tres y se los lleva a una montaña alta. ¿Qué ocurrió? Exactamente no lo sabemos. El evangelista narra lo sucedido como contaban los autores del Antiguo Testamento las apariciones de Dios. Fuese como fuese, fue una experiencia que pretendía fortalecerlos en sus debilidades más peligrosas. Porque cuando todo va bien y el éxito se vislumbra el camino se hace fácil; pero cuando comienza la dificultad y el fracaso se hace presente, aparece la duda. ¿Todo acabaría mal? La experiencia de la Transfiguración, fuese como fuese, les ofreció un mensaje claro: el final no sería el fracaso, sino la gloria.

Porque los discípulos se unieron al proyecto de Jesús pensando que renovaría sus raíces más profundas; pero después de escucharlo les quedaba la duda si estaría rompiendo con el Dios de la Promesa en el que siempre habían creído. Y en esa experiencia que vivieron en la montaña aparecieron dos personajes significativos para los judíos: Moisés y Elías. Ambos conversaban con Jesús. Él no rompía con el Dios de sus padres, sino que su promesa y revelación las llevaba a plenitud. No estaban siguiendo a un loco. Al contrario, una voz les decía que lo escucharan; que aunque llegara a ser desacreditado su palabra era veraz; que seguirle entraba en los planes y en la voluntad de Dios.

Eran débiles. Todo ello los llenó de espanto y los hizo caer de bruces. Pero Jesús se acercó, los tocó, les invitó a levantarse y a superar sus miedos. No podían quedarse allí, ni construir chozas, les esperaba Jerusalén y la cruz. ¿Y a quién no? Nosotros somos esos discípulos deseosos de seguir a Jesús pero llenos de fragilidades. Nos metemos en la vida deseando vivir el Evangelio. La vida en ocasiones nos trae situaciones que nos pesan y desgastan. Nos asalta la duda: ¿cómo acabará todo? ¿Nos habremos equivocado? ¿Es esto lo que quiere Dios? En ocasiones sentimos cómo nos estrellamos de bruces contra la realidad que nos llena de miedo y espanto.

Si es así, evangeliza tu memoria; trae a ella los momentos de “Transfiguración” que hayas vivido en tu vida. Esos momentos en los que experimentaste cómo Jesús se acercaba a ti, cómo su presencia se hacía más intensa, cómo te tocaba con el consuelo y la paz. Recuerda esas experiencias que iluminaron tu oscuridad, que dieron fuerza a tu vida extenuada, que apagaron la sed profunda que sufrías. Pues ese mismo Dios es el que hoy te dice: levántate, no te dejes morir en tu sinsentido. Levántate de tu cansancio convertido en desánimo y escepticismo. Levántate de ese estilo de vida que te hastía. Levántate de la desesperanza que te envuelve y que ha carcomido toda ilusión por vivir. Y aunque temas, no tengas miedo; Dios te acompaña. Él transfigura el rostro del dolor en esperanza. Escúchalo susurrándote en el fracaso, en el desánimo, en la prueba. ¡Levántate! ¡No temas!

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