Homilía del Domingo

No he venido a abolir, sino a dar plenitud

Mt 5, 17-37

VI DOMINGO T.O

Ciclo A

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No he venido a abolir, sino a dar plenitud

Hay muchas realidades importantes en la vida que necesitan de ayuda para poder ser vividas. Y todos recordamos a esa maestra o maestro que como buena pedagoga nos introdujo en el fascinante arte de la lectura. Con paciencia y tiento hizo que cada letra se convirtiera en sílaba; que las sílabas sonaran a palabras; y que esas palabras, torpemente leídas, significaran algo para nosotros. Pues eso era la Ley para el judío, era el acompañante que el Dios de la Alianza regaló a su pueblo para que pudiera vivir en clave de amor lo grande y lo cotidiano de la vida. Vivir la Ley era amar a Dios; despreciarla era separarse de Él, atentar contra la alianza de amor regalada. En esa cultura nació Jesús. Desde pequeño fue educado en el amor y respeto a la Ley. Como para todo judío, Ley y Dios eran dos realidades estrechamente relacionadas.

Con el paso del tiempo va emergiendo en la conciencia de Jesús una experiencia singular: él se sentía el Hijo Amado de Dios. Poco a poco el Padre irrumpe de tal manera en su vida que su experiencia de Dios queda totalmente alterada. En los momentos de oración se afianzaba la convicción de que el Padre y él eran uno; y que ese Padre tenía entrañas de misericordia. Y, desde ese amor, le enviaba a salir al encuentro de la humanidad sufriente. Jesús se da cuenta que la Ley ya no expresa del todo su experiencia de Dios. Su centro se ha desplazado hacia el Padre y el Reino, que le llevan a relativizar lo que, hasta ahora, ha sido para él casi lo absoluto. No va contra la Ley, sino que quiere llevarla a plenitud. Desea ir hasta el extremo del amor; por eso, no basta con contentarse por el hecho de no haber matado, sino que hay que alcanzar el respeto máximo de la persona y considerar que, con solo insultarla, atentas contra ella. Ama tanto la Ley como expresión de amor que no duda en abolir esas leyes en vigor que no son expresión de la misericordia divina.

Jesús es el hombre libre; tan libre que vive como último y absoluto el amor al Padre y la tarea del Reino. Es capaz de vivir como penúltimo y relativizar todo lo demás. Pero su libertad inquieta a otros muchos. A todas aquellas personas que buscaban en la ley seguridad, humana o religiosa. En su caminar se encontraba con muchos que necesitaban el mayor número de preceptos que les ayudaran a saber qué hacer en todo momento y situación. Para ellos, la Ley les proporcionaba la seguridad que no alcanzaban cuando se veían en la disyuntiva de tener que discernir por ellos mismos. Pero también veía cómo para otros la Ley les ofrecía una seguridad religiosa. Pensaban que para estar a bien con Dios era suficiente con cumplir lo establecido. Se sentían tan satisfechos y seguros por cumplir férreamente algún aspecto, que olvidaban el amor en la globalidad de sus vidas.

Jesús es el hombre libre que usa su libertad para entregar su vida. Y ése es el drama de hoy, que los hombres y mujeres no encuentran algo o a alguien a los que puedan dedicar sus días. Les faltan motivos para soñar con la utopía y, al mismo tiempo, ganas de tenerlas. Hay algo que no les deja disfrutar de un “yugo suave y una carga ligera”. Unos pocos, sin embargo, prefieren un yugo áspero y una carga insoportable con tal de vivir seguros y en paz. Son aquellos de buena voluntad apresados en su necesidad de hacer las cosas bien por encima del amor. Y están aquellos que, atraídos por Jesús viven la Ley. Son los que piden perdón cuando no la cumplen, porque saben que han dejado de amar. Pero también son los que la relativizan, cuando con conciencia y responsabilidad, creen que se queda un paso atrás del amor.

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