Homilía del Domingo

¡Oh Dios, ten compasión…!

Lc 18, 9-14

DOMINGO XXX T.O-C

Ciclo C

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¡Oh Dios, ten compasión…!

Un día los discípulos de Jesús le piden que les enseñe a orar. No querían fórmulas ni palabras. De eso tenían bastante. Ellos se sentían atraídos y cautivados por la manera con la que Jesús se relacionaba con Dios; querían tener la experiencia de Dios que tenía Jesús. Y no les defraudó cuando les invitó a orar diciendo: “Padre”. Porque era eso lo que a Jesús le irrumpía cada vez con más fuerza: la esencia de Dios estaba hecha de entrañas de misericordia. Dios sentía pasión por cada ser humano; quería para cada uno de ellos la salvación, más allá de los “méritos” que tuvieran. Dios amaba a la gente “porque sí”. Y para eso había venido Jesús, para dar clara muestra de ello. Por eso, cada uno de sus gestos hablaba del amor incondicional y gratuito del Padre: su mesa abierta a todos, el perdón de los pecados, su cercanía a publicanos y pecadores…

Jesús estaba religado con Dios de una forma única e inaudita. Así también le resultaba inaudito el que otros, en nombre de Dios, vieran constantemente la mota de polvo en el ojo ajeno sin darse cuenta de la viga que había en el suyo. ¿Cómo en nombre del que era plena bondad, algunos podían sentirse tan seguros al resguardo de sus cumplimientos, que se pasaran la vida criticando a los otros? Estaban tan ciegos que no se enteraban de nada, ni de lo que se cocía en el interior del corazón de Dios, ni de cómo eran ellos realmente. Vivían convencidos de algo que no correspondía ni a su realidad personal, ni a la realidad de Dios. Y desde esa ignorante inconsciencia no se veían como los demás, a los que miraban desde abajo y los condenaban.

Les va a contar un “cuento”. Érase una vez dos personas que van a orar. Una de ellas se ve tan bueno que se pone a la altura de Dios, y de forma erguida le da cuentas de todas las prácticas que cuentan en su haber. Se ve diferente, distinto, a otro nivel del resto de la gente. El otro, sin embargo, viene más en sí, es consciente de su vida. Sabe que ni hace, y es probable que no haga, lo que cree y le gustaría hacer. No mira de frente a Dios, sino que se pone al nivel de los otros que también se equivocan. Viene a pedir algo de forma gratuita. Sabe que no tiene nada, pero suplica la compasión de Dios. Por si no ha quedado claro, Jesús mismo explica la moraleja. Aunque para aquella época resultara novedoso, el que se sitúa correctamente ante Dios y queda justificado ante él es el publicano; el que sabe que puede acercarse a Dios de forma gratuita; el que sin atreverse a mirarle se siente bien mirado por él, acogido en su fragilidad, respetado en su proceso y lanzado a la vida.

Pero, cuidado, que sin darnos cuenta podemos ir por la vida ejerciendo de “fariseo de la parábola”. Vamos de “fariseos” cuando no nos atrevemos a ponernos ante Dios, ante los demás y ante nosotros mismos. Cuando nos miramos de tal forma que no nos consideramos dignos de ser mirados por otros o por el Otro. El “fariseo” interno te impide dejarte amar y acoger incondicionalmente por Dios. Y cuando sientes que no eres digno de ser amado te incapacitas para amar.

También vamos de “fariseos de la parábola” cuando, enajenados de nuestra realidad, pensamos que somos superiores a los otros porque cumplimos determinadas cuestiones. Y esa sensación de superioridad y seguridad nos da la fuerza para criticar y condenar a los otros; para optar por el cumplimiento olvidando la misericordia. Vas de fariseos cuando te dedicas a apedrear a los otros siendo tan inconsciente, que piensas que tienes méritos como para tirar la primera y última piedra.

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