Homilía del Domingo

Y habiendo amado a los suyos, los amó hasta el extremo

Jn 13, 1-15

JUEVES SANTO

Ciclo A

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Y habiendo amado a los suyos, los amó hasta el extremo

La suerte ya estaba echada. Tenía clara la penúltima etapa de su camino. Era hora de volver. Mira que había amado a esos muchachos. Habían pasado tres años y pareciera toda una eternidad. Cerca del corazón y lejos en el recuerdo quedaban aquellos días en los que les hizo la propuesta del seguimiento. Juntos emprendieron un camino y una doble peregrinación. La más externa se medía en leguas, en encuentros con pecadores y enfermos, en sermones improvisados o en disputas con las autoridades, en comidas y en signos difícilmente comprensibles. La otra, la más profunda era genuina. Todos habían vivido lo mismo y cada uno experimentaba algo propio. Cada uno de ellos había tenido que ir respondiendo a la pregunta sobre Jesús: “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?”.

Y allí estaban. Los amaba, pero debía llegar al extremo en esto del amor. Todos los años celebraban la Pascua, pero esa ocasión sabía a diferente. Jesús va con plena consciencia. Sabe que el Padre lo espera; que la Hora ha llegado. Cuando los mira les consuela la certeza de que el Espíritu los seguirá acompañando en su proceso. Aún están por hacer. Algunos se creen ingenuamente seguros; otros no quieren ni afrontar la realidad. Se sienta a comer con los que aún no saben que no pueden amarlo fielmente; y con el que está seguro de la conveniencia de pasarse al bando contrario.

En un momento de la cena tiene una intuición creativa. Se levanta y sorprende a todos cuando se quita el manto, se ciñe la toalla, echa agua en la jofaina y se pone a lavarles los pies. Mientras todos se recuperan de la sorpresa ya está a los pies de Pedro. ¡Cómo no, se niega! Y al menor reproche pide un baño integral. Pero Jesús con cariño y condescendencia les dice que casi todos están limpios. De nuevo en la mesa, urgido por las caras de estupor, les explica el significado. Sin palabras les ha resumido lo que ha sido su vida. En él, el Padre se había levantado de la mesa para lavarle los pies a la humanidad. El Espíritu le había ungido para ponerse al servicio de un proyecto de salvación para todos los seres humanos. Les proponía hacer propio su proyecto: dedicarse por vocación a lavarse los pies los unos a los otros. Es lo que ha pretendido enseñarles en todos estos años, ¿no?

“Lavar los pies” tiene un significado tan profundo que trasciende al hecho en sí mismo. “Lavar los pies” es una forma de entender la vida. Para hacerlo alguien te los ha tenido que lavar a ti primero. Alguien tuvo que salir de sí, no vivir con el corazón encorvado en sí mismo para trascenderse en fuerza centrífuga y poder inclinarse sobre ti. Alguien debió preferir mirar tus pies que su ombligo. Y esos lavadores de pies van desde lo más trascendente a lo más inmanente. Desde el Dios que te llamó a la existencia, hasta cada ser humano que te fraguó con el servicio de la donación de su vida. Y un día, a modo de discípulo en Cena Pascual, tuviste la experiencia de que el nunca visto, te amó hasta el extremo. Una vivencia sentida en el claro oscuro de la vida; envuelta en negaciones o traiciones; pero de tal manera fundante que te posibilitaba transitar por un deseo que iba configurando tus días: el ceñirte la toalla y agacharte para lavar los pies como él. Y tu mirada, cada vez más lúcida, descubría que por cualquier lado había muchos pies que lavar. Y siempre la misma dinámica, el combate entre el quedarse a la mesa o ceñirse la toalla. Y también siempre la sensación de ser eco de ese amor extremado cuando sirves a tantas personas en sus necesidades inmediatas, cuando eres fermento en la masa social o célula sana en las estructuras que necesitan transformación.

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