Homilía del Domingo

Alimento del camino

Lc 9,11b-17

CORPUS CHRISTI

Ciclo C

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Los que ya hemos cumplido algunos años nos suena una canción muy antigua, uno de esos clásicos de la liturgia que entonamos los Jueves Santos, en la exposiciones del Santísimo y, claro está, en el día del Corpus Christi. Comienza haciendo una declaración de fe: “¡Oh, buen Jesús, yo creo firmemente que por mi bien estás en el altar!”. Precisamente, la primera procesión del Corpus en el siglo XV pretendía exactamente esto: hacer profesión de fe en la presencia de Jesús en el pan y en el vino de la eucaristía. La canción sigue hablándonos de la forma de esa presencia: “… que das tu cuerpo y sangre juntamente…”. Como decimos en el lenguaje teológico clásico: “presencia real, verdadera y sacramental” del que siempre está dando y dándose.

Es probable que, antes, las procesiones del Corpus fueran una oportunidad para decirles a los incrédulos de fuera cómo creíamos en la eucaristía los creyentes de dentro. Pero actualmente hasta el de más adentro tiene que suplicar humildemente: “¡Oh, buen Jesús, yo creo firmemente que por mi bien estás en el altar!”. Porque los que no tienen fe, no creen en nada; pero los que la tienen, ¿qué es para ellos la eucaristía?

Todo comenzó en una cena de despedida, cuando Jesús tomó el pan, lo repartió y les dijo que ese era su cuerpo que sería entregado. Y con el vino hizo lo mismo, diciendo que era su sangre que sería derramada por todos. E insistió que lo hicieran “en memoria mía”. Ya Pablo nos habla de una tradición que procede del Señor y que él quería transmitir para que se celebrara bien. Y a lo largo de la historia de la Iglesia infinidad de testigos. San Agustín llamaba a la eucaristía “misterio de piedad”. Santo Tomás de Aquino se refería a ella diciendo: “Pan de los Angeles, al Rey de los Reyes, al Señor de los señores”. San Juan de la Cruz la comparaba como una fuente: “¡Qué bien sé yo la fonte que mana y corre aunque es de noche”. Santa Teresa de Jesús decía emocionada: “¡Oh, Señor mío y Bien mío! ¡Que no puedo decir esto sin lágrimas y gran regalo de mi alma! ¡Que queráis Vos, Señor, estar así con nosotros, y estáis en el Sacramento”. San Ignacio de Loyola exhortaba diciendo: “Os pido, requiero y suplico, por amor y reverencia de Dios Nuestro Señor, con muchas fuerzas y con mucho afecto os empleeis en mucho honrar, favorecer y servir á su Unigénito Hijo Cristo Señor Nuestro en esta obra tan grande del Santísimo Sacramento, donde su Divina Majestad, según Divinidad y según Humanidad, está tan grande, y tan entero, y tan poderoso, y tan infinito como está en el cielo”.

La fe de los testigos nos ayuda a creer en la presencia mediada de Dios en la eucaristía. De la misma manera que en el corazón de las masas, de la historia y de las situaciones está la presencia velada de lo divino, así lo está en la eucaristía. Lo está en esa celebración debajo de un mango en tierras africanas, o en la capillita humilde de un barrio latinoamericano; se hace presente en la solemne liturgia de una catedral o en la celebración de pueblo con poca gente. Lo está de igual manera si se celebra con mucha emoción o si esa celebración resulta lenta y aburrida. En lo prosaico del pan y el vino está el Señor dando y dándose. Por un lado, como a Elías nos dice: “Levántate y come que el camino es largo”. Y esa celebración, muchas veces no sentida, se convierte en el alimento del camino, lo que nos fortalece, lo que nos hace disfrutar de las alegrías sencillas de la vida, lo que nos sostiene en la pruebas y lo que alienta nuestra esperanza. Por otro, la eucaristía nos contagia con sus modos y nos hace salir a la calle con talante de entrega y de derrame; estar dando y dándose allí donde estemos y haciendo lo que hagamos. Nos permite crear espacios de inclusión y de mesa compartida donde todos quepan. Y la eucaristía nos remite a otras presencias. Como creemos que las especiesdel pan y el vino ha sido consagradas, también se nos invita a considerar que toda la realidad ha dejado de ser profana para ser sagrada, para albergar la presencia de Dios. La Eucaristía nos permite creer en una vida “eucaristizada”, preñada de presencia divina, convertida en lugar de encuentro con el Dios que nos espera en todo y en todos.

El canto con el que comenzamos es fruto de una mentalidad y una teología determinada, Hoy podríamos ponerle muchas objeciones. En otra estrofa dice: “… eres mi Dios, apelo a tu bondad”. Dicho de otra manera sería: “¡Qué bueno eres, Dios mío! ¡Qué paciencia al ver cómo no cuidamos bien el don que nos haces! ¿Cuántas veces hemos hecho uso indebido de la eucaristía? ¿En cuántas ocasiones la hemos celebrado sin el menor respeto y profundidad? ¡La de veces que la hemos ideologizado y manipulado! ¿En cuántas ocasiones hemos preferido el rito a que se entere la gente de lo que celebra? ¿Cuándo hemos perdido el valor y el sentido de lo sagrado?”.

Pero, a pesar de todo, hoy queremos decir: “¡Oh, buen Jesús, creemos firmemente que por nuestro bien estás en el altar!”.

Pepe Ruiz Córdoba

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