Homilía del Domingo

Amar a Dios en el prójimo

Mt 22, 34-40

DOMINGO XXX T.O

Ciclo A

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Amar a Dios en el prójimo

En ocasiones, ¡qué complicada se hace la vida! En el tiempo donde los aprietos arrecian solemos decir que cuando viene algo, nunca viene solo. Pues, al parecer, a Jesús le están viniendo los conflictos con los distintos grupos de poder todos juntos. En esta ocasión es un doctor de la Ley quien lo pone a prueba. Quiere dejar en evidencia a un pobre desgraciado haciéndole una pregunta propia de los entendidos: de los seiscientos trece preceptos, ¿cuál es el más importante? Ante tal cantidad de prescripciones, en los círculos más versados sobre la Ley, planeaba esta pregunta. Pero, ¡qué iba a entender Jesús! Seguro que de esta prueba no saldría bien parado. Sin embargo, responde acogiéndose al convencimiento más profundo de la tradición judía: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser”. La originalidad en Jesús está en que añade otro poniéndolo al mismo nivel, como si fueran dos caras de la misma moneda: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Jesús, un pobre itinerante, acosado por las preguntas malintencionadas de los sabios y poderosos ofrece su interpretación sobre la Ley y los Profetas.

Todo se sostiene sobre el amor. ¡Qué palabra más usada, más manoseada, más malinterpretada! Para la mayoría de los seres humanos es algo que pertenece a la voluntad. Son esas cosas buenas que hago a lo largo de la vida y que me van haciendo mejor persona. Sin embargo, el amor no es algo que pertenece a la voluntad, sino que está en la esencia más profunda de cada ser humano. Dios es Amor, el ser humano es amor.

De hecho nacemos del amor. Nuestra venida a la existencia no ha sido por casualidad; no somos seres arrojados a la existencia por el azar de una infinitud de posibilidades. Hemos sido pensados, amados, soñados y creados por Dios en el respeto a la autonomía de todas las leyes de la naturaleza. Nuestros ojos se abrieron a la vida porque Dios nos había soñado antes. Y si hubo alguna mediación libre fueron nuestros padres. Esas personas que me brindaron los genes, que nos ofrecieron un vínculo de apego seguro, que nos introdujeron en este mundo social al que pertenecemos y que nos dieron lo necesario para nuestro crecimiento. Que nacemos del amor es algo tan obvio que, cuando éste nos faltó desde un primer momento, algo en nosotros dejó de crecer. La falta de ese amor, por un lado tan necesario, nos encadenó para sólo dejarnos vivir a medio pulmón la existencia.

Nacemos al amor para amar. Por ello, vivir es amar. Tan es así que es preferible morir amando que vivir sin haber amado en la vida. Porque, aunque parezca paradójico, una vida fructífera es una vida ofrecida al amor. Y si una vida es guardada, se pierde; mientras si es dada, se gana con creces. Es sorprendente, sin un “tú” al que amar, no es posible mi “yo”.

Y todo esto no porque seamos creyentes, simplemente es propio de la condición humana. Y como respeto a esta condición, la experiencia religiosa sin amor se vería reducida a un conjunto de cumplimientos. Sin amor, la moral es una carga pesada; la liturgia unos ritos hermosos que aburren o elevan; Dios un todopoderoso exigente; y la evangelización una carga pesada.La verdadera experiencia religiosa se sostiene sobre el amor. Es creer que Dios ha irrumpido en tu vida. Que ese Dios, del que comienzas a tomar consciencia, te llamó desde el amor a la vida y te sostiene en ella. Es creer que el suelo que te sostiene y la razón última del vivir es que Dios te ama como hijo. Y que eres hijo en el Hijo. La experiencia cristiana se sostiene, no en un seguimiento heroico realizado desde la pura voluntad, sino en el conocimiento interno de Jesús de Nazaret al que amamos como un amigo ama a otro amigo. Y desde ahí, desde el amor que pide comunión, le seguimos. Un Jesús que nos da a conocer el rostro de Dios Padre de todos los seres humanos; que nos lleva a llamar “hermano/a” a toda persona cercana o lejana.

La última encíclica de Francisco se titula Fratelli Tutti, hermanos todos. Ése es el mejor indicador de la madurez de nuestra experiencia de Dios. Amar a Dios es caminar por la calle creyendo que cada uno de esos desconocidos es un hermano del que soy responsable; es imaginar un rostro detrás de cada una de las cifras del paro; es poner nombre a cada persona que, buscando mejores oportunidades para vivir, viene sin pegar a la puerta y me incomoda; es removerme de indignación ante la injusticia de aquellos a los que ni siquiera conozco.

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