Homilía del Domingo

Como el Padre me envió, así os envío yo

Jn 20,19-31

II DOMINGO DE PASCUA

Ciclo C

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HOMILÍA DOMINGO II PASCUA-C (24 abril 2022 – Jn 20,19-31)

Cuando los entendidos nos ayudan a leer el Evangelio descubrimos en sus relatos al Jesús de Nazaret al que deseamos amar y servir cada día más y mejor. También vamos descubriendo la comunidad de seguidores a la que se dirige el evangelista, su contexto y circunstancias. Cada autor del evangelio mira a Jesús a la luz de la Resurrección y, desde el Señor Resucitado, alienta la fe de los creyentes en lo que les toca vivir. Vivían en un mundo hostil donde era comprensible el miedo que cierra las puertas. Y nuestro hoy, ¿es hostil? No cabe una respuesta simple a una situación tan compleja. Si miramos a la realidad nos encontramos con lo apaciblemente favorable y con lo perfectamente soportable. Pero los acontecimientos que venimos viviendo desde hace algunos años acentúan lo penosamente llevable. El mundo exterior presenta situaciones adversas que hace que nuestro mundo interior viva en continua alerta; y esto pasa factura. En nuestro interior se da el diálogo (muchas veces combate) entre la realidad interpelante y la fe profesada. Surgen muchas preguntas: ¿Cómo sale Dios al paso en todo ello? ¿Dónde y cómo está? A esto se le suma el que la vivencia de la fe, normalmente, la hacemos en contextos no amenazantes, sino indiferentes. Lo que para nosotros supone un valor trascendente, para la mayoría es irrelevante, desconocido o digno de ser convertido en espectáculo por anacrónico.

Aunque sean por otras razones, pero sigue apeteciéndonos cerrar las puertas, bien porque estamos llenos de angustia interna y no sabemos del todo por qué; bien porque nos juntamos los que valoramos la fe de forma reactiva frente al malestar que provoca la indiferencia de la mayoría. Pero como ocurrió con los apóstoles, el Resucitado traspasó las puertas cerradas para abrirlas y enviarlos. En primer lugar les regaló una paz no ansiolítica, sino la que mantenía Jesús en los momentos de dificultad e, incluso, en medio de la angustia. La paz no mágica, que teniendo en cuenta las arremetidas del cuerpo y la psique, se basa en la confianza a nivel del espíritu. Después les dio en herencia la misión que recibió de su Padre: “Como el Padre me envió, así os envío yo”. Podrían tener motivos para estar con las puertas cerradas, pero desde la fe eran invitados a tomar una decisión que requería confianza y voluntad decidida. Fe y misión iban de la mano. La fe les permitía dar el primer paso hacia una tarea que, conforme era realizada, alimentaba esta fe. La fe lanzaba a la misión y esta, a su vez, la fortalecía. La piedra angular de la vida del creyente es la fe en Jesús Resucitado. Desde nuestra fantasía la fe no gustaría que fuera lo suficientemente poderosa como para desterrar la duda. Pero su realidad queda bien expresada en la humildad de la llama del Cirio Pascual. La fe es una luz amenazada. Su brillo y calor contiene la posibilidad de la oscuridad y el frío. Esa llama regalada necesita del cuidado nutritivo de la cera. A todas horas y en todas circunstancias se nos invita a asentir y a la entrega de la propia vida a Alguien que no vemos. Se nos invita a creer sin ver. Y como dicen algunos autores, se nos invita a creer a pesar de las cosas que vemos. No solo no vemos a Jesús, sino que vemos algunas barbaridades perpetradas en la Iglesia de Jesús y observamos el escándalo del mal en el mundo.

Sabiendo la humildad de la fe, conociendo el contexto en el que vivimos, aceptando nuestra tendencia a cerrar las puertas, ¿qué nos ayudaría a vivir el envío de Jesús? Evidentemente, muchas cosas. Yo me detengo en una de tantas. El Resucitado se aparece al grupo y envía al grupo. ¿Es posible vivir la fe a solas? ¿Es posible sin caminar con otros? ¿Puede ser vivida sin celebrarla con aquellos que comparto mucho más que banco, sino vida? ¿Se puede sin aplicar pensamiento a lo que vivimos a la luz de esta fe? ¿Sin compartir lo que sentimos en nuestro interior y discernir lo que quiere Dios de nosotros? ¿Se puede sin leer junto a otros la Palabra y, desde ella, iluminar la vida? ¿Es posible sin el aliento de aquellos que te sostienen con su presencia?

Pepe Ruiz Córdoba

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