Homilía del Domingo

Creer sin ver

Jn 20, 19-31

DOMINGO II PASCUA

Ciclo B

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Creer sin ver

Normalmente pensamos que en la vida todo surge de repente, como si apareciera al instante y de forma acabada de la nada. Nuestro pensamiento mágico imagina una encina siendo siempre encina, olvidando el largo proceso que va desde que la bellota cae en la tierra, se entierra, se pudre, florece el débil tallo que, a lo largo de años y años, se va convirtiendo en un árbol robusto y resistente. En clave de pensamiento mágico, la bellota no es encina. Pero en clave de proceso lo es, pero en fase de semilla. Lo que se le pide a la bellota es que sea buena semilla; y que viviendo con intensidad esa etapa siga evolucionando para vivir con plenitud la siguiente hasta llegar a hacer realidad el potencial que siempre había albergado. Esto que parece muy filosófico y ecológico es la vida misma. Para ser un adulto maduro antes has tenido que vivir la madurez de mamar cuando te tocaba, de jugar en su momento y de ser adolescente en el tiempo de la adolescencia. Y en cuestiones de fe pasa lo mismo. Pongamos el ejemplo del personaje evangélico de este domingo: Tomás, de mote “el Mellizo”.

Después de la muerte de Jesús, Tomás estaría bastante ocupado viendo cómo reorientar su vida. La cuestión es que no estaba ni cuando María Magdalena fue a decir a los discípulos que se había encontrado con el Resucitado, ni cuando este se les apareció estando con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Tomás se encontraba en situación de incredulidad, su fe había sido devastada por el terremoto de la muerte de Jesús. Cuando le comentan que se les ha aparecido el Resucitado da un paso en su proceso de fe. Está dispuesto a creer, pero pone condiciones. Para creer exige ver y tocar el agujero provocado por los clavos y el orificio del costado. Del “no creer” pasa a hacerlo “siempre que”. A los ocho días Jesús se aparece de nuevo y accede a la petición de Tomás, pero lo invita a dar un paso más en su proceso de fe: creer sin ver. Y Tomás, que tenía a mano la prueba palpable, acepta el desafío. Sin tocar proclama: “Señor mío y Dios mío”. Visto de esta manera, a Tomás se le presenta, no como un incrédulo, sino como un ejemplo de cómo la fe frágil debe hacer el camino que conduce a una fe consolidada.

Muchos, pero muchos, viven en la primera etapa del “Mellizo”, en la incredulidad. Incluso, como él, han podido tener algunos escarceos con Jesús al haber celebrado la Primera Comunión o la Confirmación. Pero viven la vida al margen de Dios. Este, como mucho, es un elemento cultural accesorio. Otros, bastantes, hemos dado el paso a la fe condicionada: creemos siempre que podamos ver o tocar algo. Estamos dispuestos a aceptar a Jesús Resucitado siempre que no pierda la sensación de control en mi vida, goce de una cierta estabilidad y seguridad, haya una proporcionalidad entre lo que le doy a Dios y él me ofrece, pueda entender algo los misterios de la fe, no me desinstale demasiado de mis comodidades o no me exija compromisos éticos o humanitarios muy elevados. Algunos, solo algunos, dan el paso al creer sin ver. Poniendo un ejemplo marinero, pasan de una navegación de cabotaje a remar mar adentro; de navegar, pero con la seguridad de ver siempre la costa, a adentrarse en las profundidades. El “sin ver” la costa que proporciona seguridad puede venir de forma activa o pasiva. De forma activa es cuando nos tomamos la vida en serio; cuando vivimos entregados a la causa de Dios en los caminos que hemos elegido; cuando nos olvidamos de nosotros mismos en la tarea del amor comprometido; y cuando nos arriesgamos con la confianza puesta en Aquel que no defrauda, aunque calle cuando más lo necesitamos. De forma pasiva es cuando la vida te pone en situación de desamparo y te quita todo lo que tenías como apoyo; te deja sin poder tocar ni siquiera un clavo de agujero o una llaga de costado. Y en todo ello poder decir: “Señor mío y Dios mío”.

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