Homilía del Domingo

Dios nos cuida con detalle

Lc 21, 5-19

DOMINGO XXXIII T.O.

Ciclo C

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Dicen que en el término medio está la virtud; es decir, que ni «Don Juan» ni «Juanillo». Si por un lado están los «milenaristas» con tendencia a presagiar el fin del mundo; por otro pueden estar los que no creen en estas cosas, aunque lo profesen en su credo. Es cierto que cuando oímos hablar de las consecuencias del cambio climático, de la guerra, de las hambrunas por todos estos motivos y de otras cuestiones se nos pone un poco el ánimo apocalíptico y experimentamos cierto miedo; pero se nos pasa pronto. Pero este domingo nos ofrece un evangelio que nos hace mirar de frente el final del mundo y de la historia. En la tradición religiosa y cultural de Jesús, y en su tiempo, esto era normal. Incluso en la mentalidad de las primeras comunidades cristianas. Pero, ¿no nos suena raro y distante?

A mí hoy me gustaría ser otro diferente para leer la Palabra de Dios desde una perspectiva distinta. No sé si querría estar en la piel de un pobre cristiano de finales del siglo I, pobre, denostado socialmente y, en ocasiones, perseguido por el gran emperador romano de turno. O me gustaría ser de esos hermanos africanos que, después de una semana dura luchando contra las inclemencias del tiempo y labrando la tierra, el domingo camina muchos kilómetros para participar de la Misa en su pequeña capilla. Pero lo hace en un ambiente que unos pocos desalmados y armados hasta los dientes hacen hostil. Si cada uno de nosotros fuera ese o esa de otro lugar y otro tiempo, ¿a cómo nos sonaría el evangelio de hoy?

Si fuéramos aquel nuestro hoy no sería una plaza cómoda. Ese hoy, hecho de pequeños momentos, sería una prueba de fondo, una carrera de obstáculos, un desafío a la supervivencia. Es el levantarse sin tener que hacer mucho; el estar a merced de la lluvia para sacar lo justo en el mejor de los casos; el vivir con lo puesto; el soportar generaciones y generaciones de gobiernos corruptos; el sufrir la manipulación de las naciones ricas y de las grandes multinacionales; el afrontar la enfermedad y los contratiempos sin ninguna cobertura. Si fuéramos aquella viviendo en su hoy no me vendría mal esperar la venida del Salvador. Como dirá el profeta en adviento, tendría que levantar la cabeza para ver cómo se acerca la liberación. Cuando el hoy se hace insoportable hay quienes miran con esperanza el mañana. Un mañana que no depende exclusivamente de la intervención humana. Un mañana en el que Dios irrumpirá para hacer justicia.

Pero a lo largo de los siglos muchos han dicho que todo esto es la ilusión falsa que ofrece la religión a los pobres de este mundo; que no hay más realidad que el presente; que si tenemos que esperar algo lo tenemos que esperar de nosotros sin transferir nuestros miedos ni responsabilidades a un ser divino inventado por nuestras necesidades infantiles. Y, muchas veces, hemos hablado de la esperanza de una forma tan errónea que se han podido sacar estas conclusiones. Sólo podemos mirar al mañana para esperar a Jesús por el horizonte si damos testimonio de él en el hoy: «Esto os servirá de ocasión para dar testimonio». En estos contextos tan difíciles para la vivencia de la fe encontramos «minorías» de creyentes, «pobres de Yahvé» que viven con los pies bien firmes en la realidad pero con un aliento que no viene de ellos. Son los apaleados de la historia que, en su vulnerabilidad y dolor, sienten la protección del Dios que cuida hasta de sus cabellos. Aquellos que no sucumben al desaliento porque no solo esperan, sino que tienen esperanza. Su «perseverancia» les nace del Dios presente en su hoy que les alienta en la espera de la plenitud del mañana.

Pepe Ruiz Córdoba

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