Homilía del Domingo

Dulce huésped del alma

Jn 7, 37-39

VIGILIA PENTECOSTÉS

Ciclo B

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Dulce huésped del alma

HOMILÍA VIGILIA PENTECOSTÉS-B

Como el soñar es gratis cada uno puede imaginar a la madre del Señor como desee. Para unos tiene los ojos negros como el azabache; otros la prefieren de ojos límpidos y azules; los hay que la imaginan con el pelo sedoso, brillante y oscuro; pero también los que la sueñan con cabellera recogida y rubia. Quizás tú la veas con delantal; pero el otro con limpia túnica con bordado fino. Y así podríamos seguir un buen rato dando rienda suelta a nuestra imaginación. Lo que sí sabemos, porque nos lo dice el Evangelio, que María solía guardar las cosas en su corazón. Al parecer, eran de esas personas que se paraban en lo que vivían y que, además, vivían con atención. Y al vivir la vida desde el corazón se daba cuenta de muchas cosas que, para la mayoría, pasaban inadvertidas: qué sentía, cómo le afectaba lo que estaba viviendo, qué se decía de ella misma, cómo se situaba ante la gente que le rodeaba, qué le movía en lo que hacía, hacia dónde quería llegar con lo que estaba haciendo, cómo se le hacía presente Dios en lo que la vida le traía, cómo quería responderle a Dios en todo ello… Pero todo esto, claro está, con la claridad que se podía tener en estas cuestiones, que es poca.

Si seguimos su ejemplo nos podremos dar cuenta, como diría el sabio Erich Fromm, de que todo ser humano está marcado por un sentimiento de “separatividad”. Cuando nuestra madre nos dio a luz es como si nos hubieran separado de la fuente que nos hacía sentir juntos y protegidos. Cuando vives como María, al nivel del corazón, te das cuenta que ese sentimiento de separatividad le produce angustia al ser humano. Y cada uno busca aliviar esa angustia de alguna manera: unos prueban con el alcohol, la drogas y el sexo, pero experimentan que les dura poco la satisfacción. Otros se hacen muy sumisos para que se les acerquen, pero eso sólo es un engaño de unidad. Los hay que se dan al trabajo y al sentirse productivos, pero les falta la relación personal. Y hay algunos que prueban con el amor, como María.

Como todo ser humano experimentó esa angustia que le provocaba el sentimiento de “separatividad”. Había un hueco en ella, como en todos nosotros, donde vivía también la “solitariedad”. Pero esa angustia no la hizo huir despavorida buscando beber cariño en cualquier charco que encontrara, por sucio que fuera. Ella aguantó el sentimiento de estar separada, de estar sola y de estar angustiada. Y en ese permanecer comenzó a descubrir que era la “llena de Gracia”. Dicho de otra manera, ese hondón se convirtió en un manantial de donde brotaba agua viva. El Espíritu que le fue enviado se convirtió en el dulce huésped de su alma.

Esa angustia de la “separatividad” y de la “solitariedad” se mantenían, pero había una convicción que brillaba con más fuerza: tenía un Padre amoroso que la sostenía en su pobreza, había una luz que penetraba lo profundo de su alma. Ese dulce huésped del alma era tregua en el duro trabajo, brisa en las horas de fuego, gozo que enjugaba las lágrimas y reconfortaba sus duelos. El Espíritu la contagió del síndrome de las personas maduras; de esas que van renunciando a vivir de forma narcisista alimentándose de sueños para trabajar el cuidado, la responsabilidad, el respeto y el conocimiento. ¿No te la imaginas cuidando a esos novios que se quedaron sin vino en sus bodas? ¿No le ves actuando con responsabilidad ante esa prima que vivía un embarazo de alto riesgo? ¿No le pega vivir mirando con respeto a sus vecinos y aceptándolos tal como son? ¿No es la que toda la vida intentó llegar al conocimiento de aquel que, aun siendo su hijo, no dejó de ser para ella un misterio?

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