Homilía del Domingo

El Buen Pastor da la vida por las ovejas

Jn 10, 11-18

DOMINGO IV PASCUA

Ciclo B

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El Buen Pastor da la vida por las ovejas

Hacía cerca de cuarenta años de la muerte y resurrección de Jesús cuando los romanos, hartos de que los judíos les “tocaran los bigotes”, enviaran a su maquinaria de guerra para arrasar Jerusalén. ¡Un auténtico desastre! ¿Qué hacían los judíos ahora? Había desaparecido lo que les daba la identidad como pueblo, el Templo. Para reconstruirse de sus ruinas tuvieron que elegir otro elemento identitario; y pusieron sus ojos en la Ley. Si el Templo era la morada de Dios y al que miraban para sentirse unidos a él, ahora era la Ley la que les hacía sentir parte de un pueblo elegido. En el meollo de todas esas búsquedas se encontraban también unos judíos que habían aceptado a Jesús. Cada vez tenían más problemas con los suyos que los amenazaban con expulsarlos de la sinagoga con todo lo que ello representaba. Ellos también se encontraban en una encrucijada. Había llegado el momento de dar un paso adelante en su búsqueda de lo que les caracterizaba, de su propia identidad. Y aprovecharon para poner los ojos, no en la Ley, sino en Jesús. Ellos no se entendían sin Él. Es curioso, el ambiente hostil les ayudó a definirse y a optar por

Jesús. Pero, ¿quién era Jesús? ¿Cómo hablar de él?

Indudablemente, tuvieron el valor que nace de la fe. Comenzaron a proclamar lo que creían: que ese Jesús, natural de Galilea, cuyos padres fueron José y María, ya existía antes de su nacimiento. Venía de “buena familia”, de la familia del Dios Padre. Allí aprendió a ser pastor, a amar como el Padre le amaba, a vivir en beneficio de otros sin límites ni mesura. Y una vez aprendida la lección el Padre le encomendó una misión: poner en práctica el ejercicio del pastoreo. Un pastoreo que debía hacerse con dos características. La primera, si medida ni límites, hasta entregar la vida si era necesario. La segunda, con ternura y amor, como el que presta un servicio a un conocido íntimo. El Espíritu les infundió la fuerza y la valentía para ser un grupo minoritario y alternativo: los que construían su identidad desde Jesús, Buen Pastor.

Salvando las distancias a nosotros nos pasa lo mismo: destruido el “templo que nos sostenía” buscamos elementos identitarios. Antes nuestros contextos eran religiosos, todo era un templo que sostenía nuestra fe: la calle, la familia, la escuela, la política, el gobierno, la cultura. Ahora esos espacios han prescindido de lo religioso y nos hemos encontrado a la intemperie. En esa búsqueda por identificarnos y crecer como cristianos podemos quedarnos en las formas superficiales basando la fe en un sentimiento religioso o en unas prácticas concretas. O podemos querer identificarnos como cristianos distinguiéndonos de los que no lo son, defendiéndonos de ellos y condenándolos por sus formas de vida.

Pero también nuestra vida puede quedar afectada, configurada e identificada por Jesús, Buen Pastor. Ese día sólo es el comienzo de un largo proceso. Te das cuenta que el nombre de Jesús no es algo accesorio, sino que se te ha colado en el cotidiano existir. Jesús deja de ser una palabra o una idea para convertirse en un nombre íntimo con fuerza para afectar todas las dimensiones de la vida. Y vas descubriendo cosas en él que debes expresar con palabras. Así, al cuidado tierno y sin límites que te dispensa le pega el sustantivo de “pastor”. Es una convicción a la que llegas en la consideración de tu vida, incluso llena de golpes. Pero la experiencia del pastoreo es altamente contagiosa y transformante. El cuidado dispensado por Dios cuando es conscienciado te introduce en la práctica del cuidado, del vivir en clave de pastor. Es construir la identidad cristiana desde el vivir para cuidar desde la experiencia de haber sido cuidados. Y esto traducido en acciones concretas que van desde el nivel del saludo por la calle a la consideración de las macroestructuras que mueven este mundo.

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