Homilía del Domingo

En el desierto preparad un camino al Señor

Mc 1, 1-8

DOMINGO II ADVIENTO

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En el desierto preparad un camino al Señor

“En el desierto preparadle un camino al Señor”. Cada domingo nos encontramos un regalo, un don que nos pide una tarea responsable. Se nos ofrece un trocito de la Palabra de Dios, un regalo de valor incalculable. Pero con nuestro esfuerzo hemos de colaborar con el Espíritu para relacionar esa revelación de fe con la vida. La Palabra proclamada en la eucaristía, ¿qué le dice a nuestra vida? ¿Puedo ir a Misa desde lo que vivo con el convencimiento de que el evangelio va a aportar luz a lo cotidiano de mi existencia? ¿Cómo ese evangelio puede ser faro que alumbre el esfuerzo por pagar la hipoteca, la situación de ERTE, el crecimiento de los hijos, las alegrías de la vida, tal acontecimiento familiar o lo que vivimos en el interior de cada uno/a? Hoy la Palabra nos habla de la posibilidad de un camino entre Dios y nosotros, de una comunicación entre el Señor y el ser humano. Es una posibilidad de camino; el proyecto es factible, pero hay que llevarlo a término. Un camino y un proyecto que tiene doble dirección: de Dios hacia nosotros y de nosotros hacia Él.

La iniciativa siempre la tiene él. En el desierto de la vida podemos escuchar estas palabras del profeta Isaías: “Aquí está vuestro Dios. Mirad, el Señor Dios llega con poder, y su brazo manda. Mirad, viene con él su salario, y su recompensa lo precede. Como un pastor que apacienta el rebaño, su brazo lo reúne, toma en brazos los corderos y hace recostar a las madres”. Nuestra esperanza se sostiene en el convencimiento de que Dios viene en los desiertos de nuestra vida; o en la vida, en tanto que toda ella tiene algo de desierto. El desierto es un lugar inhóspito pero con muchas posibilidades de encuentro. En su peregrinaje por él, Israel se encontró verdaderamente con Dios. La vida siempre tiene algo de inhóspito. En el mejor de los casos nos encontramos con el yermo de lo cotidiano y lo rutinario; de lo solitario del día a día, del lunes a lunes; con la compañía de la monotonía como elemento de la existencia; con lo árido del esfuerzo y del trabajo responsable. Pero la impresión de despoblado se intensifica en el dolor y el sufrimiento, en lo que provoca incertidumbre o angustia, en lo que desestabiliza o nos deja a la intemperie caminando sobre aguas inciertas. Pues en medio de escenario el profeta nos dice: “Mirad, el Señor Dios llega con poder”. Su recompensa nos aguarda como promesa en el tedio de la mitad de semana; en el acudir como siempre al trabajo; en el permanecer en esa situación que pesa y hiere; en las alegrías sencillas que brotan de lo inesperado. Nuestra fe nos dice que está en el desierto; nuestra esperanza a disfrutar de esta presencia como si no hubiera desierto; nuestro amor a amarle en todo y dejarnos amar en todo.

El otro sentido del camino es el de nosotros hacia Dios. Nuestro esfuerzo sólo es respuesta a la iniciativa divina. Preparar el camino es vivir con la ética de Dios. Dios se prolonga en cada lugar, situación o actividad donde alguien viva con los valores de Jesús. Dios pasea por la calle cuando alguien le ha preparado el camino por su manera de ir mirando, sintiendo y actuando. Y ese pasear, condicionado por el calor, el frío o los dolores físicos, se ha transformado en una visita sacramental de Dios. Preparar el camino al Señor es hacer lo que podamos para que en este mundo se viva con las leyes que Dios hubiera dispuesto si él hubiera gobernado. Es caminar con las luces largas pero siendo conscientes de cada pasito. Es poner la meta en el cambio de las grandes estructuras pero siendo consciente que, probablemente, sólo podamos hacer cosas muy sencillas: no descartar al viejo por ser viejo; no cambiar de canal cuando la noticia nos incomoda; no comprar algo que no necesito; no callarme cuando se me pide una palabra; no ceder al miedo cuando en juego está la dignidad de la persona.

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