Homilía del Domingo

Estad siempre alegres en el Señor

Jn 1,6-8.19-28

DOMINGO III ADVIENTO

Ciclo B

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Estad siempre alegres en el Señor

El tercer domingo de Adviento es denominado en la liturgia como de Gaudete, de la alegría. Celebrarlo cuando la vida y sus acontecimientos internos invitan a ello es vivir una confirmación de lo que la existencia te depara en esos momentos. De hecho, el sacerdote puede vestir de rosa en la celebración. Por tanto, una liturgia de rosa cuando la vida tiene color de rosa es como si fueran de la mano, o pegara, o tuviera cierta lógica. La cuestión cambia de signo cuando se te invita a celebrar el Domingo de Gaudete cuando el dolor hace de las horas algo insoportable, o cuando te atenaza la posibilidad de cualquier desenlace final, o cuando te enfrentas a la incertidumbre de un mes sin recursos, o cuando un país no dispone de las mínimas garantías democráticas o la población sufre la carencia de las necesidades básicas. Es revestirse en Misa de rosa cuando el contexto tiene tonalidades trágicas. Entonces es cuando este domingo no cae por su propio peso, sino que se convierte en un reto para la fe. El “estad siempre alegres” de Pablo a los cristianos de Tesalónica, en determinadas circunstancias, puede ser incluso provocador.

Según los entendidos, el profeta les escribe a unos pobres desterrados en Babilonia que se encuentran bajo el poder del imperio Persa. A ellos, en esa terrible situación, mantenida en el tiempo les dice: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ha ungido. Me ha enviado para dar la buena noticia a los que sufren, para vendar los corazones desgarrados”. Les habla de una promesa que, con bastante probabilidad, no verán en vida, pero que dará sentido a sus muertes. No los engaña vendiéndoles un brindis al sol, sino que alimenta la esperanza del pueblo. Una esperanza que sabe a bálsamo en el dolor, seguridad en la incertidumbre y faro en medio de las sombras.

Muchos, muchos años después apareció un hombre que seguía esperando. Se llamaba Juan. Su actuación despertó las sospechas de muchos y las esperanzas de otros. Él quería dejar claro lo que no era y lo que era. No era el Mesías, ni Elías, ni ningún profeta. Él sólo era “la voz que clama en el desierto, allanad el camino al Señor”. Él, como hizo Isaías en su tiempo con sus contemporáneos, es palabra de promesa de alegría, de esperanza, de posibilidad de cambio para aquellos pobres desanimados que lo escuchaban y que se bautizaban en el Jordán.

Con el tiempo pasó Isaías, Juan Bautista y Pablo; pero permanece el Evangelio, la Buena Noticia de Jesús. Hoy, nosotros estamos llamados a ser “voz que clama en el desierto”. Para dejar de ser mero ruido y convertirnos en voz que alienta hemos de acoger en nosotros la Palabra. Dale cabida a Dios en tu vida. Por un lado, supone vivir contando con Dios, fiándote de él, viviendo en confianza en medio del mar encrespado de la existencia. Es vivir como hijo/a confiado en el Padre. Por otro, es vivir como hermano/a. Es dar permiso para que el Espíritu nos vaya configurando con el único modelo, Jesús.

Pero hoy, más que nunca, para ser voz que alienta a permanecer en la promesa de la alegría necesitamos ser comunidad acogedora. Hace demasiado frío y hay demasiada intemperie como para ir desnudos de relación fraterna. Cada persona necesita convertirse en palabra cálida y gesto solidario y acogedor. Cada parroquia, asociación o institución debe transformarse en hogar abierto, en casa paterna y materna, en mesa inclusiva con comidas que recreen y enamoren. En el frío de la intemperie necesitamos laalegria del orar juntos, aunque lloremos; la alegría de ser escuchados en nuestras angustias; la alegría del compartir los pocos panes y peces que tengamos; la alegría de mirarte bien aunque vengas de lejos; la alegría de estar contigo aunque, de momento, no podamos transformar esas estructuras que te oprimen.

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