Homilía del Domingo

Este hermano tuyo estaba perdido y lo hemos hallado

Lc 15,1-3.11-32

IV CUARESMA

Ciclo C

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Con la que está cayendo me brota preguntaros, ¿cómo estáis? ¿Cómo os encontráis? ¿Qué tal estáis viviendo estos tiempos? ¿Cómo os afecta? Dicen que “mal de muchos consuelo de tontos”; pero me atrevo a cambiar la expresión por “mal de muchos consuelo de tantos”. Porque en tiempos difíciles la solidaridad en el sufrimiento puede alentar un montón. Desde nuestra común vulnerabilidad podemos estar unidos en las alegrías sencillas y en los sufrimientos cotidianos. Mi incertidumbre se resitúa cuando sé que la vivo en comunión con la incertidumbre de otra persona que la sufre a miles de kilómetros de distancia. La compasión brota de la convicción que compartimos vulnerabilidad.

En tiempos tensos y turbios como los que vivimos sale lo peor y lo mejor del ser humano. Y, de vez en cuando, aparece algún “figura” que pareciera nadar contracorriente; que mientras todos chillan despavoridos “sálvese quién pueda” él o ella, en medio de la tempestad, va dando lo mejor de sí y señalando lo importante. Son los “Quijotes” de todos los tiempos, aquellos a quienes sus contemporáneos llaman utópicos e ilusos. Uno de ellos es Jesús de Nazaret.

En una de sus parábolas nos habla de un padre un tanto raro, porque reacciona de forma no convencional. Cuando su hijo menor le pide la parte de la herencia que le corresponde se la da sin rechistar. Mientras este está viviendo de escándalo él se asoma esperando cada día a que volviera. Cuando al fin vuelve echa a correr, lo abraza, lo besa y le hace una fiesta. Sorprende a sus propios hijos: al menor que volvió esperando solo que le dieran de comer sin pretender nada más; al mayor que no entendía que le hicieran una fiesta a ese pecador despilfarrador y que, además, no le hubieran avisado. ¿Desde dónde se puede entender la actitud del padre? La clave está en una palabra de la respuesta que dio a su hijo mayor enfadado: “… este hermano tuyo”. Le quiso explicar que lo importante es que fuera mirado en lo que era, no en lo que hacía. Esa persona ofendió gravemente a su padre, pero era “hijo”. Ese muchacho vivió perdidamente, pero era “hermano”. Su ser “hijo” y “hermano” eran suficiente justificación para hacer fiesta a su vuelta. Era una fiesta que tenía sentido desde la gratuidad del que miraba más allá de las acciones.

¿No os entra ganas de ser un “figura”, un “Quijote” como Jesús de Nazaret? De ser así no penséis que seréis bien entendidos; quizás no os entendáis ni vosotros mismos. Porque si ya tenemos bastante con lo nuestro nos veremos comprometidos con las cosas de los demás. Y si con mis preocupaciones me basta me sentiré llamada a no dar el rodeo cuando me encuentre un preocupado de la vida. Esto de Jesús de Nazaret es muy serio e incómodo, porque si éramos pocos resulta que me veo alentado a abrir la puerta al que viene de fuera, bien si es rubio y viene del norte o si es moreno y se acerca por el sur. Pero, es más (y esto ya es el colmo): resulta que dentro del que usa la violencia hay un hermano o una hermana. ¿Y cómo reaccionar si me agrede? Lo que sí está claro es que el “figura”, el “Quijote” de Nazaret no lo haría de cualquier manera. La acción del agresor es reprobable, como la de irse a despilfarrar su fortuna, pero el que la ejecuta es tan digno que se merece un abrazo, un beso, una fiesta.

¿Vosotros lo entendéis? Yo, sinceramente, no. Pero para que podamos ser un “Quijote”, roguemos al Señor.

Pepe Ruiz Córdoba

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