Homilía del Domingo

Ha llegado la salvación a esta casa

Lc 9, 1-10

DOMINGO XXXI T.O-C

Ciclo C

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Ha llegado la salvación a esta casa

Dicen que si uno no quiere, dos no discuten. Y no se dice, pero es verdad también que si uno no quiere, dos no pueden entablar relación alguna. Pero cuando se ponen de acuerdo, se da la maravilla del encuentro. Eso que hace que el otro/a sea tan significativo en tu vida que la altere, la enriquezca y la cambie. ¿Te vendría bien un ejemplo?

Resulta que había un hombre inexpugnable en su cerrazón insensible. Se dedicaba a recaudar impuestos, no se sabe si para Herodes o para un rico de la época. Pero su postura ante la vida lo había enriquecido tanto como había hecho sufrir a muchos. Cuando muchos campesinos, asfixiados por las obligaciones tributarias, sufrían la desgracia de una mala cosecha o las consecuencias de la sequía, se veían obligados a vender sus tierras y pasar a ser uno más de la gran masa de asalariados pobres que malvivían. Y en ese engranaje de corrupción injusta participaba Zaqueo. Su insensibilidad le había acorazado frente a la desgracia de muchos y a la injusticia de los que había extorsionado.

Pero esa muralla tenía un punto flaco: deseaba ver a Jesús. Algo le atraía de tal manera de ese personaje que cuando pasó por donde vivía tiene un gesto exagerado, ridículo y fuera de lugar, se sube a un árbol. Resulta que esa inclinación irracional de Zaqueo por conocer a Jesús se encuentra con la actitud consciente y deliberada de éste. Jesús desea ser recibido en su casa. Es conocedor de quién es este personaje; no tiene de él una visión ingenua. Pero la mirada de Jesús va más allá de lo que todo el mundo ve. Le pide invitación al humano que mora en el interior del injusto ladrón; le habla al reducto sano y honrado que intenta sobrevivir en medio de tanta insolidaridad enferma.

Lástima que la película tenga un corte. No sabemos qué ocurrió en la cena. Pero algo intenso debió ser a juzgar por el cambio de Zaqueo. El dinero ya no mueve su vida. Ahora es la gente lo que importa y, por tanto, hay que poner lo material a su servicio. Si no tienen, quiere compartir. Si les ha hecho daño, desea reparar el sufrimiento. ¿Qué ha ocurrido? ¿Cómo el calcetín ha sido vuelto de esa manera? ¿Qué ha pasado para que los valores de Zaqueo hayan sufrido tal reconversión?

Pues que alguien lo ha mirado de otra manera; lo ha amado más allá de sus acciones; no se ha dejado guiar por lo que dicen sus etiquetas justamente merecidas; no lo ha considerado como un ser perdido; ha movilizado lo mejor de sí con la gratuidad, la comprensión y el amor sincero. Zaqueo ha bajado la guardia, se le ha colado Jesús en su vida que lo ha mirado con entrañas de misericordia, y ha despertado en él la bondad que habita en todo ser humano.

Alguien dijo una vez que somos nuestros encuentros. Y a poco que lo pienses te darás cuenta de la verdad de esta afirmación. Somos en la medida que alguien nos nombra, nos mira, nos ama, nos considera, nos acoge en lo que somos, nos regala el bálsamo de la comprensión y la ternura. Y la suerte de todos es que el Señor está pegando a nuestra puerta y nos llama. Si abres y le dejas entrar, te preparará una de esas cenas que recrean y enamoran; de las que te hacen amar como eres amado; de las que te invitan a vivir en justicia como justamente eres tratado; de las que animan a considerar a los demás de la misma manera que tú eres considerado.

¡Anda, baja del árbol que te protege, y ábrele la puerta que te llama!

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