Homilía del Domingo

Id ahora a los cruces de los caminos…

Mt 22, 1-14

DOMINGO XXVIII T.O

Ciclo A

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En este tiempo de pandemia muchas parejas han aplazado su boda. Resignados ante la situación venían preocupados para ver si la parroquia podría casarlos el día que tenían libre en el sitio del banquete. Y cuando se les confirmaba la posibilidad, sus rostros se relajaban. La pena de no poderla celebrar cuando ellos deseaban se veía paliada por la esperanza de que, al final, habría banquete. Parafraseando el refrán: “Las penas, con promesa de banquete, son menos penas”.

Aunque pudierais cantarme: “No me cuentes penas…”, ¡cuántas de éstas hay! Como si de una cebolla se tratara hay penas desde las capaz más superficiales a las más íntimas. Está la pena de este mundo en el que los humanos se eliminan entre sí, donde existen desigualdades aberrantes y donde destrozamos la misma casa en la que vivimos. Está el penar de nuestros países: el desencanto que producen los malos políticos, la irresponsabilidad de los mismos pueblos, los que son pobres aunque trabajen, tantos contagiados y fallecidos. Están las penas de nuestra Iglesia, que no siempre es evangélica; más acostumbrada a atrincherarse que a salir, a condenar que a aprender. La pena de nuestras familias: de lo que nos hace sufrir el desgaste de lo cotidiano, o la dificultad para encontrar espacios de escucha y conversación serena e íntima. Y después está la pena genuina de cada uno/a: eso que, con mayor o menor objetividad, nos hace sufrir, nuestra espina, nuestra herida.

Esto es verdad, pero sólo es una parte de la realidad. Podríamos contar también alegrías. Pero lo alarmante y trágico no es que en la vida haya penas, que las ha habido, las hay y las habrá. Lo realmente preocupante es que este mundo se ha quedado sin la promesa de un banquete. Muchos en este mundo viven una pena sin esperanza de consuelo. El ancla del barco de mucha gente se posa en el presente, algunas veces en las alegrías que tocan, en bastantes ocasiones en las penas de la vida. Sus penas lo son todo. Y ante la cual se rebelan, se resignan o se esconden. Para ellos no cabe más esperanzas que la pena desaparezca o venga una alegría que la amortigüe o sustituya. La gran pena de este tiempo es que hemos perdido la esperanza; en nuestro horizonte no hay banquete alguno.

Sin embargo, te encuentras con personas que el barco de sus vidas está anclado en la promesa de un banquete. Son los que han creído en el mensaje esencial de los profetas y de Jesús. En la vida, se te regala encontrarte con testigos sencillos, “santos de la puerta de al lado”, que se alimentan de las palabras del profeta: esperan que el Señor les prepare un banquete de manjares suculentos, que les enjugue las lágrimas de sus rostros y que aniquile la muerte para siempre. Son esos cristianos sencillos que se creen lo del salmo: “… aunque camine por cañadas oscuras nada temo, porque tú vas conmigo”. Sienten cómo les acompaña el que les prepara la mesa, le unge la cabeza y le hace rebosar su copa. Son los “santitos” de apariencia frágil que sufren como todos; que lloran a escondidas; que caen ante los embates del viento y las olas; que sienten miedo cuando arrecia la tormenta. Pero en su fragilidad son fuertes, porque su ancla no reposa en la pena, sino en el banquete. Son maestras y maestros en el permanecer y el aguantar, en el reaccionar poniendo en juego todos sus recursos, en el levantarse después de cada caída, en el llamarle a las cosas por su nombre pero sin ceder un ápice al pesimismo. ¿Cómo pueden aguantar? Porque esperan un banquete, porque felices los que lloran porque ellos serán consolados con “un festín de manjares suculentos, un festín de vinos de solera; manjares enjundiosos, vinos generosos”.

Los conocemos. Están a nuestro lado. Son nuestros iconos de seguimiento de Jesús.Son los que estimulan nuestra fe; los que nos enseñan a echar el ancla en lugar seguro; los mensajeros de la existencia de un banquete que resitúa ante las penas. Desde su experiencia hacen de cualquier lugar un cruce de caminos: la cama del hospital, su casa en tal bloque, el sillón de su salón… Ellos y ellas desde su experiencia se convierten en un mensaje nítido pero encriptado, porque sólo puede ser escuchado por aquellos que quieran hacerlo. Con su aguante esperanzado proclaman que, aunque la alegría se demore, habrá un banquete. Que la entrada es libre, sólo hay que ir arregladito, al estilo de Jesús: amor, fe, esperanza, mansedumbre, humildad, paciencia, justicia… Somos dichosos al conocerlos; viven a nuestro lado; son un virus de salud que nos contagian de Evangelio. Porque no hay mascarilla ni distancia social que pueda con la “comunión de los santos “.

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