Homilía del Domingo

Jesús ha resucitado

Jn 20,1-9

DOMINGO DE RESURRECCIÓN

Ciclo B

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HOMILÍA DOMINGO RESURRECCIÓN-B

Normalmente pensamos que la vivencia de la fe tiene la misma dinámica que la preparación de la liturgia. Pongamos el ejemplo de esta semana que estamos viviendo llena de celebraciones. Cuando llega el Domingo de Ramos todo lo preparamos para celebrar este día: el color rojo, los ramos y palmas, el evangelio de la pasión del evangelista que toque. Pero al día siguiente, todo vuelve a ser Cuaresma, aunque lo llamemos Lunes Santo. Y regresa el morado a tomar el protagonismo. Llega el Jueves Santo y todo se viste de blanco, se prepara el Monumento, se saca la jarra y la jofaina para el lavatorio de los pies. Pero, al día siguiente, ya no estamos en jueves, sino en Viernes Santo, luego recuperamos el rojo y el relato de la pasión según san Juan y la cruz que vamos a adorar. Pero el Sábado Santo, ya no hay nada de lo anterior. A lo sumo una imagen de María vestida de negro a la que acompañamos como si estuviera frente al sepulcro. Eso sí, hasta que llega la gran Vigilia Pascual: flores, luces, pregón, lecturas, agua, cantos, aleluyas. La liturgia, superficialmente entendida, es una realidad compuesta de estancos independientes: si estamos en Domingo de Ramos es Domingo de Ramos; pero déjalo atrás que es jueves, o viernes o Domingo de Resurrección. De esta manera todo tiene un orden. Y lo normal es que guardes los enseres del monumento o la cruz para adorar si estás en Resurrección. Olvídate de todo ello que estamos celebrando la alegría de la Pascua.

Y pensamos que la vida de fe es así; que si estamos en Domingo de Resurrección me debo sentir vivo y alegre porque, como las velas del monumento, el sufrimiento de la cruz ya está guardado. Pero, en realidad, puedo sentirme de Pascua comiendo el potaje de bacalao del Viernes Santo. O tener cuerpo de crucificado en pleno canto del Pregón Pascual. La vida de fe no sigue la dinámica de la liturgia superficial y estancada. Al contrario, la vivencia de la fe es como la liturgia entendida en profundidad. El protagonismo del elemento de un día concreto contiene en sí mismo los demás elementos: porque adorar la cruz es disponernos para cantar la noche en que Cristo venció a la muerte.

La vida de fe no es una línea, es un poliedro, una figura que tiene muchos lados. Y, por etapas, nuestra vida reposa en uno o en otro: ahora vivo la pasión, más tarde el peso de lo cotidiano de Nazaret; poco después celebro la consolación de la Pascua para, más tarde, vivir desolado en Getsemaní. Pero todo el poliedro, en cualquiera de sus lados está hecho de “Experiencia del Espíritu”.

Tras la muerte de Jesús cada uno actuó como pudo: unos seguían escondidos tras su huida; otras, después de haberse mantenido al pie de la cruz, se dirigieron al sepulcro para completar la tarea. Los hubo que volvieron al trabajo que dejaron al haberse roto su sueño; y los que regresaban enfrascados en una discusión a su hogar, que estaba en Emaús. En todos ellos, en mayor o menor grado, había miedo, desolación, confusión, dolor, atisbos de fe y esperanza.

Pero cada uno a su manera tuvieron una experiencia del Espíritu. Esas experiencias aparecen en los relatos del Resucitado donde nos fijamos más en el fondo que en las formas. Las formas, que nos hablan de lo que en sí mismo es inefable, son preciosas: el encuentro con un joven en el sepulcro, ese mismo sepulcro vacío, alguien que les dice que echen las redes y después los invita a comer, un desconocido que se pone a caminar con ellos…

Todos ellos tienen la misma experiencia: aparece la paz en el hondón de su vida. Esta ya no está construida sobre el miedo, aunque exista, sino sobre una paz regalada por el Espíritu que sosiega y fundamenta, aunque el mar esté revuelto en su superficie. Todo ellos experimentaron una alegría que no es de este mundo. De esas que nos hacen decir con el salmo: “Soy feliz, aun cuando digo, qué desdichado soy”. Y todos recuperaron la misión: pastorear las ovejas, decirles a los otros lo que habían visto y oído, ir a Galilea…

De una u otra manera, todos fueron recompuestos para la misión. Pongamos el ejemplo de Pedro. Después de volver a recuperar el antiguo oficio una vez que el sueño se hizo añicos, se repiten las situaciones: se pasan la noche bregando sin pescar nada; y alguien les dice que echen las redes. Cuando las recogen con mucho esfuerzo, Juan proclama a ese personaje desconocido como el Señor. Y Pedro, tapando su desnudez, se lanza al mar. Cuando llegan no hay reproches. De nuevo una comida. El Resucitado no guarda rencor, sino desborda empatía. Sabe cómo están y les atiende con cuidado para recuperarlos. Después queda pendiente una conversación con Pedro. Las tres preguntas no es echarle en cara la triple negación. Jesús ayuda a Pedro a deshacer el camino, a recuperar el relato para que pueda trascender su debilidad. Es como la pecadora que ungió a Jesús los pies en casa de Simón el fariseo. Ella amaba mucho porque se había sentido muy perdonada. Ahora Pedro podría amar mucho si se dejaba cuidar, amar y perdonar en su terrible error. Porque sólo así, desde su debilidad trascendida, podría cuidar de la gente de Jesús al estilo de Jesús, no según las maneras de Pedro.

Eran hombres y mujeres con la experiencia del Espíritu del Resucitado. Pero no eran ingenuos, sabían que en cualquier momento, como así ocurrió, del armario de la liturgia podría salir el rojo del Viernes Santo. Pero lo vivieron como parte del poliedro compuesto por la experiencia del Espíritu. Los azotes seguían doliendo, pero ya era un honor compartir la suerte de Jesús.

En el poliedro de la vida puedes estar viviendo desde cualquiera de sus lados: rojo de cruz, morado de desierto y tentación, blanco de amor y gloria, verde de terrible cotidiano. Pero el Resucitado puede convertir todo ello en experiencia del Espíritu.

El teólogo, Karl Ranher hablaba de la mística de lo cotidiano, de la búsqueda de Dios en todas las cosas y en la sobriedad de la vida. Que existen muchas experiencias de vida que son experiencias del Espíritu, aunque no nos percatemos de ello o no las reflexionemos. Inspirados en su pensamiento podemos decir:

Cuando alguien se levanta cada mañana y afronta la sencilla y dura jornada de trabajo sabiendo que el Creador trabaja a través de su persona, ahí hay experiencia del Espíritu.

Cuando cada momento del día está jalonado por una pequeña oración, ahí hay experiencia del Espíritu.

Cuando te sientes hermano/a entre los desconocidos de la calle y con responsabilidad sobre los que ni siquiera conoces, hay experiencia del Espíritu.

Cuando tus relaciones se basan en la empatía, la ternura, el esfuerzo por entender o perdonar al que no te quiere, ahí hay experiencia del Espíritu.

Cuando vives con paciencia el penar de cada día, el sufrimiento agudo, o la tragedia sobrevenida, aceptando los altos y bajos, hay experiencia del Espíritu.

Cuando el planeta se te convierte en una casa donde ninguno de los rincones te es indiferente, ahí hay experiencia del Espíritu.

Cuando sabes agradecer cada detalle de la vida, la brisa del aire en la cara, el vaso de agua que bebes, el saludo del que tienes al lado o el pan que te llevas a la boca, ahí hay experiencia del Espíritu.

Cuando…

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